Se ha cumplido hace pocos meses el vigésimo aniversario de la concesión del Nobel de literatura a CJC, a su vez otra efemérides se solapa a aquella, la de su fallecimiento hace ocho años. En tributo y memoria a uno de nuestros grandes de las letras, genio patrio.
A Doña Elena de Zorostrona y de las Flámulas del Ciprés, casada con Don Abundio del Gárgola y Bujía, le gusta el baile corto y la falda larga, también el caray y el encaje de tresbolillos cruzados.
-¿Doña Elena, aquella chai de retambufa indiscreta y célebre pendanga de tierras indianas?
-Hombre, Don Cenobio, eso no se mienta, que el pasado pasado está, y Doña Elena, alias La Peliforna de los Caribes ya expió por la retranca tanta vida licenciosa y bullanguera.
-¡Claro es!
Don Abulio del Gárgola y Bujia, alias Vistoncorro, es calvito y zangolotino, mide un pie menos que Doña Elena y posee una colección de aguamarinas que le tienen sorbido la sesera y en ellas empeña sus horas muertas, que son muchas pues es funcionario.
-¿Pero ese Abundio del Gárgola es el mismo que parcheaba al desgaire unas croquetas de arroz y que nadie osó catarlas, siendo vísperas de San Prudencio?
-El mismo que viste y calza, pero atienda alma de Dios.
Don Abulio, aficionado a las mariposas boreales y a la historia de los godos en España pilló a Doña Elena en flagrante tribadismo con Doña Verónica de la Plata y Río, en el excusado, haciéndose cochinadas.
-¡Qué follón!
- Follón y tabalario, pues el salvahonor de la Verónica, alias La Rulé, era incluso más lascivo y grande que el de Doña Elena, y ya es decir…
- Diga, diga.
- Grande como una plaza de toros.
- Válgame, pero cuente que es lo que hizo Don Abulio.
- Qué hizo Doña Elena más bien. Doña Elena Zorrostrona y de las Flámulas, de natural rijosa y de costumbre depravada le dio con la puerta del guáter en las narices a Don Abulio y siguió con lo suyo.
- De ramo le viene le oficio, que esas indianas renegadas suelen tender al amor putesco y a la porreta.
- Y que lo diga usted, Don Cenobio.
Don Abulio, cornúpeta sin vocación y ya carnudo con convicción vendió su colección de mariposas a un bujarrón de El Rastro que le tomó por calvo y zangolotino.
-¡Pobre hombre!
- No tan pobre, pues Don Abulio ya tuvo tiempo en tierras de Bolívar de conocer a esa parcuria, mozcorra de barrio y rolliza de pecados mancomunados.
- O sea, que consintió y sufrió el probo castigo de su cegazón.
- ¡Bien dicho sea! Don Abulio, aficionado al santoral de San Eustaquio y a las mariposas boreales merece su castigo por vanidoso y pedantesco.
- Explíquese.
Fue una tarde de primavera, cuando hace el calor, que Don Abulio nos fustigó con una arenga descentrada sobre Recesvinto, Chindasvinto y un montón de reyes godos según las crónicas de San Isidoro de Sevilla.
-Pero eso no es malo, hombre.
-Sí lo es, sí, que tuvimos que trasegar quince tilas de cómo nos dejó la testera el muy carnudo, mientras Doña Elena, alias Peliforna de los Caribes reía deshilachada de dentario y alegre de bullarengue, pues Don Millán del Cinto la metía mano por las antífonas, que yo lo vi.
-Así se entiende ahora.
-Y así que no es justicia, sino consecuencia que Don Abulio se las vea cornudo y agilipollado, pues ciego fue y ciego es. Que las narices contra la puerta del excusado es una epifanía benemérita para tan hórrida visión como la que tuvo que sufrir.
-Bien mirado, aquella competición de culamen debió ser dantesca.
-Eso es, que Don Abulio ahora tendrá tiempo de vender sus mariposas y buscar una marquida de buen corazón y exonerada de vicios por natura.
-Y conjurada de placeres sáficos. Y que no sea cachigorda por cierto, que ya sea sabe que ello sólo trae el pecado de la indulgencia cruel.
-Justo, que no le permita más hablar de los godos en público, por San Polieudo y San Amón.