martes 26 de enero de 2010

RECORDANDO A CJC

Se ha cumplido hace pocos meses el vigésimo aniversario de la concesión del Nobel de literatura a CJC, a su vez otra efemérides se solapa a aquella, la de su fallecimiento hace ocho años. En tributo y memoria a uno de nuestros grandes de las letras, genio patrio.


A Doña Elena de Zorostrona y de las Flámulas del Ciprés, casada con Don Abundio del Gárgola y Bujía, le gusta el baile corto y la falda larga, también el caray y el encaje de tresbolillos cruzados.

-¿Doña Elena, aquella chai de retambufa indiscreta y célebre pendanga de tierras indianas?

-Hombre, Don Cenobio, eso no se mienta, que el pasado pasado está, y Doña Elena, alias La Peliforna de los Caribes ya expió por la retranca tanta vida licenciosa y bullanguera.

-¡Claro es!

Don Abulio del Gárgola y Bujia, alias Vistoncorro, es calvito y zangolotino, mide un pie menos que Doña Elena y posee una colección de aguamarinas que le tienen sorbido la sesera y en ellas empeña sus horas muertas, que son muchas pues es funcionario.


-¿Pero ese Abundio del Gárgola es el mismo que parcheaba al desgaire unas croquetas de arroz y que nadie osó catarlas, siendo vísperas de San Prudencio?


-El mismo que viste y calza, pero atienda alma de Dios.


Don Abulio, aficionado a las mariposas boreales y a la historia de los godos en España pilló a Doña Elena en flagrante tribadismo con Doña Verónica de la Plata y Río, en el excusado, haciéndose cochinadas.


-¡Qué follón!

- Follón y tabalario, pues el salvahonor de la Verónica, alias La Rulé, era incluso más lascivo y grande que el de Doña Elena, y ya es decir…

- Diga, diga.

- Grande como una plaza de toros.

- Válgame, pero cuente que es lo que hizo Don Abulio.

- Qué hizo Doña Elena más bien. Doña Elena Zorrostrona y de las Flámulas, de natural rijosa y de costumbre depravada le dio con la puerta del guáter en las narices a Don Abulio y siguió con lo suyo.

- De ramo le viene le oficio, que esas indianas renegadas suelen tender al amor putesco y a la porreta.

- Y que lo diga usted, Don Cenobio.

Don Abulio, cornúpeta sin vocación y ya carnudo con convicción vendió su colección de mariposas a un bujarrón de El Rastro que le tomó por calvo y zangolotino.

-¡Pobre hombre!

- No tan pobre, pues Don Abulio ya tuvo tiempo en tierras de Bolívar de conocer a esa parcuria, mozcorra de barrio y rolliza de pecados mancomunados.

- O sea, que consintió y sufrió el probo castigo de su cegazón.

- ¡Bien dicho sea! Don Abulio, aficionado al santoral de San Eustaquio y a las mariposas boreales merece su castigo por vanidoso y pedantesco.

- Explíquese.

Fue una tarde de primavera, cuando hace el calor, que Don Abulio nos fustigó con una arenga descentrada sobre Recesvinto, Chindasvinto y un montón de reyes godos según las crónicas de San Isidoro de Sevilla.

-Pero eso no es malo, hombre.

-Sí lo es, sí, que tuvimos que trasegar quince tilas de cómo nos dejó la testera el muy carnudo, mientras Doña Elena, alias Peliforna de los Caribes reía deshilachada de dentario y alegre de bullarengue, pues Don Millán del Cinto la metía mano por las antífonas, que yo lo vi.

-Así se entiende ahora.

-Y así que no es justicia, sino consecuencia que Don Abulio se las vea cornudo y agilipollado, pues ciego fue y ciego es. Que las narices contra la puerta del excusado es una epifanía benemérita para tan hórrida visión como la que tuvo que sufrir.

-Bien mirado, aquella competición de culamen debió ser dantesca.

-Eso es, que Don Abulio ahora tendrá tiempo de vender sus mariposas y buscar una marquida de buen corazón y exonerada de vicios por natura.

-Y conjurada de placeres sáficos. Y que no sea cachigorda por cierto, que ya sea sabe que ello sólo trae el pecado de la indulgencia cruel.

-Justo, que no le permita más hablar de los godos en público, por San Polieudo y San Amón.

martes 19 de enero de 2010

TRAGICO AZAR

Según Aristóteles el azar sería “causa accidental de efectos excepcionales o accesorios que reviste la apariencia de la finalidad”. Permútese finalidad por necesidad exterior, y apariencia por inconsciente y tendremos la gran definición que dieron los surrealistas a principios de los años 20 (fagocitada en cierto extremo a Freud): “el encuentro de una necesidad exterior con el inconsciente”. Si extrapolamos esta definición del necesario azar positivista a la idea de destino, obtenemos “un enorme sumatorio de incidentes aislados cuya imposible indagación de las causas nos impele a confiar necesariamente en un orden predeterminado”, es decir, la incapacidad del hombre por aplacar los efectos del devenir y su inmolación en pos de un orden sagrado, los hados, el destino, una faceta esencial del sentido humano en suma. No obstante, la objetivación alógica del destino como conjura del azar responde en nota trágica, un pathos, mientras el azar positivista y surrealista se constituye dentro de un eros. El humor, la más excelsa y sublime de las emociones espontáneas, sería el acceso intuitivo o automático por medio de la analogía al incidente fortuito externo, dotando a la finalidad interior o al inconsciente de un verdadero y placentero sentido conjurador del pathos. Todo este exordio de corte ditirámbico para reconocer que este azar telúrico y trágico en dimensiones desconocidas que ha devastado Haití contradice a Aristóteles y a los surrealistas y por ende deslegitima cualquier pretensión de creer en los hados (o el destino, esa deidad impalpable a la que se amarran los ateos de mala fe). Atiborrado occidente de un orden lógico y cómodo, donde una sociedad de cronogramas preñados de predicciones defenestra la historia y cercena el futuro (por previsible pero por reverencia irreflexiva hacia el presente absoluto), entonces se le deshacen las dos coordenadas planas de bienestar y complacencia observando una hecatombe como la de Haití. Quien más quien menos, en los periódicos, recuerda el terremoto de Lisboa y las reacciones de los ilustrados en el siglo XVIII, los D’Alembert, Voltaire y todos aquellos boqueras de salón, algunos otros cuestionan a Dios como el que recuerda tomar una medicina de la que descreyó siempre de sus efectos beneficiosos (al fin les vale Dios, tan denegado, aunque sea por su virtud de orden terapeútica), y algunos otros facturan una dosis de egotismo infantil. “Una tirada de dados nunca abolirá el azar” dijo Mallarmé. Esta hecatombe humanitaria removerá el azaroso estado de conciencias que en su desmesurada vanidad cobra visos de bombo de lotería. Por un alto precio algunas sociedades inmersas hasta las cachas en su mamandurria de previsivilidad han roto el cerdito de sus certidumbres descubriendo que lo que tenían ahorrado eran monedas de madera. Ex nihilo fue este terremoto; como toda desgracia. Pero el mundo sigue siendo el mismo, y el taumaturgo que nos arroba y nos hace zamalerías, columbra sobre nuestra débil y transparente naturaleza, el taumaturgo de la información sabe bien como ponderar nuestro propio cielo y nuestro propio infierno. El día que podamos predecir los terremotos seremos una sociedad claudicada en su propia amoralidad, de nada servirá ya entonces su predicción; a no ser, y no pierdo la esperanza, que algunos gobiernos en lugar de lanzar brindis al sol recuperen la conciencia de construir el mundo de verdad y no su imagen, construir el mundo y romper sus espejos, comenzando por su terruño.

viernes 8 de enero de 2010

A POR EUROPA

La Navidad ha sido un cimarrón de consumo, cuando la crisis aún no se ha enfebrecido del todo por estos pagos, porque a aquellos deudos ya les queda poca cuerda en su cometa, que además hizo de pararrayos; así que el frenesí orgiástico de consumo se yuxtapone justamente con el frenesí apocalíptico y terapéutico que concede el consumo autómata del personal mientras que la crisis cabalga a un trote incansable y no hay jinete que parezca asir las riendas. Han sido días de paz y de cóleras y enjundias halagüeñas, al pie de un abeto o de una chimenea, dónde suegras y cuñadas se han batido el cobre y han trinchado sus resquemores, tiempos de pavos donde el Niño Jesús brilló por su ausencia, donde muchos españoles celebraron sus Navidades blancas o sin blanca de una forma soslayadamente laica y cargada de culpa, una culpa que se engrandece en su miseria, una culpa que colectiva y ominosa desata lo peor de algunos, las más grandes curdas, por olvidarse en catarsis de la tal zafiedad u ordinariez en que solazan. Cómo se mancilla la Navidad, cómo se desnaturaliza un culto. La televisión ocupa el hueco espiritual que quedó expedito y que une a las familias en estos días de aluvión de realidad de nosotros mismos. Porque, a fin de cuentas, lo que me parece lastimoso de la Navidad, esta Navidad que vivimos o desvivimos no radica en la suplantación crematística en la que hemos anidado, no radica en su desvirtuación ni en su laicización desnortada, a la deriva de sus fuentes primigenias, lo que resulta lastimoso comprende el constatar una sociedad radiografiada en su nimbo hediondo de pusilanimidad y nihilismo, como en ninguna otra época del año pudiéramos atisbar. Una sociedad que se desnuda en estas fechas y nos muestra su trágica faz, que se comporta ante el rigor de una celebración tradicional con el pavoroso y descorazonado traje del emperador. Todos nos lustramos con dicho traje, miramos a otro lado, nos hacemos regalos, les dedicamos a nuestros infantes un papá Noel o unos Reyes Magos, en una faramalla de postales electrónicas navideñas que tienen ya más de tradición por sí mismas que por lo que originariamente representan. Acaban las fiestas navideñas y comienza nuestra singladura de la presidencia de la Unión Europea. Zapatero ya lo ha dicho en un rapto de lucidez: “vamos a sacar de la crisis a Europa”. Es decir, que va a rematar a Europa, de hecho ya ha sido convocado el comité de sabios en Moncloa por nuestro presidente: de sabios para lograr las cotas más altas de desempleo que se hayan alcanzado nunca, porque los ilustres invitados a esa ceremonia de la confusión han sido el paradigma del socialismo analfabeto, de la tecnocracia ineficaz y del soplagaitismo de fotitos y fábricas de imagen, este tío chirría y recuerda a un bombero loco pidiendo consejo a unos pirómanos irredentos para poder apagar un fuego, o quizá a un pacifista tarambana que convocara a la orden de las Ursulinas para pertrecharse de tácticas militares, ya que su país está siendo invadido. O incluso se parece a un presidente a la deriva de sus errores, que desesperado por encontrar una solución al 20% de paro llamase a consulta a otros que incluso alcanzaron el 25% de paro; es como si Obama llamara al expresidente de Lehman Brothers a que le diera soluciones para aplacar los estragos de la crisis financiera y bursátil, que aún colea. Lo peor es que casi nadie dice ya nada, salvo cuatro incansables periodistas, pero el asunto es de frenopático; si persistiera un poquito de sentido común su mismo partido hubiese apoyado una moción de censura en el parlamento; de sus cheques en blanco morales hemos pasado a un déficit de su cuenta de credibilidad equiparable al déficit monetario de la economía española. Y venga a gastar. Hemos salido de la Navidad, pero este presidente, tocado con la mitra de su chistera (el sombrerero loco) presidencial no sale de su Vanidad patética. Ahora lo vemos más claro, las cosas siempre pueden ir a peor: los abetos ahora nos dejan ver el bosque.

sábado 26 de diciembre de 2009

FELIZ NAVIDAD

martes 15 de diciembre de 2009

JEAN COCTEAU

Jean Cocteau, ese hidalgo de nenúfares putrefactos, vivió durante la época más convulsa de occidente, entre guerras mundiales, modificación de fronteras y entrada en la epopeya de las comunicaciones, donde ya nada permanece por rápido y urgente. Merodeador del salón postrero de condes y princesas, se delataba en una delgadez de lirio picoteado por un pájaro de sueños mitológicos. Sus manos de pianista contenían la sutil delicadeza de un papel de fumar inmarcesible, y el marchamo del opio se dejaba entrever en un dédalo de venas azules, reivindicativas y fluyentes de su aristocracia de poeta. Fue admirado por todas aquellas amazonas de época, portadoras de un donjuan subversivo en su seducción de salón: Misia Godebska, Coco Chanel, la condesa de Noailles, Colette. Cocteau, en su frenesí pirómano soñaba con quemar el arte y salvar el fuego, en una alegoría de Nerón especular cuya pira purificadora lograra renacer una nueva realidad en la que lo más sublime fuera moneda común. Su numen refulgía en el brillo de los fanales urbanos, brillo altivo y protegido por un aura cristalina y genial. Participó en todas las vanguardias, fue poeta, cineasta, escritor, un largo etcétera, pero resulta ante todo admirable su capacidad para estar en consonancia con todos los movimientos y además preservar su figura, de la que él mismo era tan buen comercial. Tiene obras buenas, otras regulares y algunas por cierto sencillamente malas. Era ubicuo y chaquetero pero sin cambiar la chaqueta en un alarde de prestidigitador de la literatura y del arte, que lograba que fuera solicitado en todo mentidero del siglo parisino, desde la bohemia hasta aquellos postreros años cincuenta donde su figura fuese confundida con su propia leyenda. Se codeó con Proust, Gertrude Stein o Breton dejando a aquellos en ocasiones chiquitos. Después le dio por hacer cine, siendo su gran película “La Bella y la Bestia” que por cierto pude ver por primera vez el programa de Garci, “Qué grande es el cine”, oh tempora oh mores.
Cocteau extendía una tramoya de persuasión en su pose o unas bambalinas de intimidación en su gesto cuando algo le contrariaba. Gesto acechado por ninfas y girándulas de su imaginario. Acechado también por aquel joven y brillante literato, émulo de Rimbaud en precocidad, Raymond Radiguet, cuyo secreto propósito era convertirse en estatua viva o en sueño inaprensible. Radiguet era el genial efebo de sus noches líricas, el fatal fauno de su androginia, que retó a la piedra de la estatua y a la misma creación con su locura. En el salón de la Chevigné solían juntarse Cocteau y Raymond Radiguet, que entonces era un mocoso que arañaba la mayoría de edad. Era una especie de Antinoo al servicio de su enamorado emperador Cocteau. Joven de mirada triste y pensativa, sufría el vértigo de una homosexualidad que exorcizaba siempre que podía acostándose con mujeres de mal vivir para dolor y cabreo de Cocteau, que llevaba peor la infidelidad de género que la de rutinas sodomitas. Después moriría de fiebres tifoideas, parece que importadas de Argelia, y Cocteau tardaría mucho tiempo en recuperarse. Mientras los surrealistas anhelaban destruir ese Cartago de los tropos en los que solazaban Gide, Morand, Laforgue o Cocteau, suscribiendo una alianza inédita con la arqueología del subconsciente, Cocteau extraía su forma manteniendo incólume su fondo que era el de la subversión instalada en la escritura automática (Los campos magnéticos) y las simas del inconsciente. Bogaba en aquella cosmética de saludos y genuflexiones que guardaba toda una ascesis aparatosa por conjurar la soledad. Soledad que después el anotadísimo Proust cincelase en su Recherché. Cocteau, preso entre nenúfares mustios y dríades de su erudición, logró salvar su obra convirtiéndose a sí mismo en parte de su obra, algo que muchos otros después intentarían, pero que sólo unos pocos han logrado.

miércoles 9 de diciembre de 2009

DE CHIRICO

Giorgio de Chirico fue el pintor metafísico del siglo y también uno de los menos comprendidos, quizá por habérsele asociado erróneamente con la corriente surrealista, de la cual abominaba. De Chirico, pintor de soledades atemporales y de paisajes más allá del sueño, fue un demiurgo o leviatán del siglo XX desde una maestría del trazo que bien se enseñoreaba con el óleo o con el temple grasado y barnizado (técnica utilizada ya en el Renacimiento). Gran lector y estudioso de las obras de Nietszche y Schopenhauer, alternó en su juventud largas depresiones con las lecturas de los grandes filósofos tudescos; dotado de un gran sentido del humor y de una sensibilidad extrema, fue un gran observador, personaje mitad introvertido, mitad social que buscaba una plasmación del infinito humano en sus obras, lográndolo en no pocas ocasiones. Denostaba el concepto de autoría en el arte (implantado también en el Renacimiento), y consideraba falaz y estúpida esa postura grandilocuente no ya de los grandes pintores de su época, sino de ese culto a la fama que tantos otros mediocres prodigaban a los grandes creadores del siglo. Cuenta la siguiente anécdota, entre el patetismo y el humor en su libro “Memorias de una vida”: “Imagínense ustedes hasta que punto absurdo se ha llegado en esto de la fama y la notoriedad, que un joven pintor italiano que comenzaba a ser reconocido, visitó Paris en busca de esa alquimia de las vanguardias, que por entonces Paris ostentase aún en los años veinte. El caso es que en compañía de otro pintor ya más consagrado (amigo mío) y también paisano, iban paseando y charlando por alguna calle de Montparnasse. En esto que pasa Picasso, y el pintor maduro de prestigio le saluda ya que se habían conocido hacía algún tiempo. Picasso ya se sabe que era dado a hablar con todo el mundo, ya fuera el panadero de la esquina o algún pintor que hubiese conocido en alguna exposición vespertina. Cuando mi amigo el pintor le presenta a Picasso, el joven creador, viendo que estaba allí delante Picasso en carne y hueso, enmudece presa de los nervios, intenta decir algo pero sólo le sale un sonido gutural e ininteligible. Picasso se queda un momento esperando que el tarambana reaccione, pero temiendo que le de un ataque, se marcha. Mi amigo acompaña al médico al joven pintor, que no pudo hablar durante más de dos días por causa de una fuerte crisis nerviosa…” De Chirico es el Catoblepas de la pintura que se come a sí mismo y ya de paso se come a los propios mitos domésticos que nublan nuestras entendederas con banalidades y admiraciones estúpidas. Es el pintor de la instantánea de la eternidad, que casi siempre devela su animadversión del tópico social, es el pintor fuera del academicismo y penitente de su propia referencia (aunque bebía de las fuentes del Renacimiento). De Chirico fue reivindicado por todas las vanguardias porque no pertenece a ninguna y a la vez a todas, como le pasó también a Modigliani, malogrado cadáver tan celebrado ahora. Es De Chirico el Borges al óleo del antropocentrismo hinchado de soledades, el zahorí de los misterios humanos que al final se cifran en tres: el tiempo, el ser, la trascendencia. He aquí un pintor que dentro de cien años no habrá pasado de moda porque todo en él es atemporal y cimbrado en una eclosión de siglos. Si dentro de un siglo se redescubrieran sus lienzos, los profanos no sabrán en qué época colocarle.

jueves 3 de diciembre de 2009

VAGA ENTRADA

De todos los vicios o tendencias concupiscentes que han edificado la literatura y también el pensamiento a lo largo de los siglos, contamos con uno que por ser tal casi es virtud, me refiero a la pereza. La holgazanería, pobremente estudiada por casi nadie es la causa de ese spleen tan denostado y temido por Baudeleaire (mamá, ven a por mí por favor, me aburro muchísimo aquí; le rogaba el potencial poeta a su madre con lágrimas en los ojos desde su internado), es la causa de la caída en las drogas, es la causa de la pérdida de la fe en el esfuerzo; es la causa de que se extravíe el norte moral y la autoestima, es causa de proyectos desbaratados y truncados por la desidia; es la túnica inconsútil con que el necio tiende a pertrecharse confiando en que todo le viene dado. Es la cosa más fácil de vencer, y a la vez la cosa más sencilla en la que caer. Lo peor es que el apático no es capaz de verse, la mayor de las veces creerá que todo mal padecido proviene de razones endógenas o de mala fortuna. Lo raro y peculiar es cuando el vago es consciente y no hace nada por remediar su infame holgazanería, entonces de su abulia quizá se desprendan obras mayores, nacidas al albur de su padecimiento irremediable, como escribe Enrique García Alvárez, vago irredento donde los haya habido:

Confieso con harto afán

Y sentimiento profundo,

Que soy lo más holgazán

Que Dios ha puesto en el mundo

Esta rara avis que fue nuestro insigne dramaturgo y libretista de zarzuelas es difícil de hallar. Suele ser muchas veces hombre más virtuoso por poseer esa estiba de la que a la par conoce su verdadero peso, y digo que en él su vicio se hace virtud porque en el propio reconocimiento para sí y para los demás no hay chulería, sino una humildad extrema que supera en virtud ese esfuerzo sobrehumano del que hacen gala algunos autores, pareciéndonos casi las tareas de Hércules. Dentro del panorama clásico o universal tenemos a ese vago entre los vagos, que no contento con serlo encima quiso hacer escuela o al menos doctrina. Fue Diógenes de Sinope, que bebía de los aguajes y rechazaba toda necesidad del alma, en una ascesis de vodevil muy rebuscada cuyo propósito era justificar su impudicia y sinvergonzonería (no confundir con Diógenes Laercio, aunque este parece ser que también era un vago redomado, tal y como lo retrató Rafael al menos en su famoso lienzo “La Escuela de Atenas”, donde aparece tirado en la escalinata, ante Platón y Aristóteles); este tío, el de Sinope, que parece ser cierto que vivía en una barrica y era vago hasta para hacer el vago, vio siglos después como uno de nuestros fanales de las letras patrias (y universales) le dedicó un soneto satírico; ahí van estos versos de Francisco de Quevedo:

No saben de ti los vientos

Porque les vuelves las ancas

Y para mudar de pueblo

Echándote a rodar, marchas

Para mejorar de sitio

Tu persona misma enjaguas

Lo que ocupas es alcoba

Y lo que te sobra salas

Seguiría el artículo, pero una irresistible flaqueza se ha apoderado de mis facultades volitivas, quisiera pensar que no es vaguería…

martes 1 de diciembre de 2009

LEON DEUBEL

Hemos cifrado en este blog algunos personajes marginales de la bohemia madrileña, como el malogrado Armando Buscarini, Alejandro Sawa o el singularísimo Pedro Barrantes. Coetáneo de ellos, más o menos fue Leon Deubel, joven introvertido y letraherido de la bohemia parisina de los últimos estertores de la Belle Epoque.

Hijo de un tendero y de una mujer refractaria a los cariños familiares, sus progenitores se separaron a las pocas semanas de su nacimiento, en 1879. Parece ser, que ya siendo un joven veinteañero Max Jacob le leyó las manos, lo que ya debió signo de mal augurio. No existen retratos de Leon Deubel, pero por lo que afirman en sus escritos los decidores de la época debió ser de rasgos hiperbóreos, de gran estatura y delgadez hiriente. Sus tías, que se hicieron cargo de su tutela, ya le pegaban fuertes palizas desde muy pequeño (los expósitos y huérfanos eran muy habituales en aquellos tiempos, también las zurras, todos los niños se habían llevado una buena zurra alguna vez, como marchamo para su album mental de memorias y traumas). El niño, que huye del ambiente de súcubos que se respira entre aquella recua de brujas, huye y encalla en el Paris del ajenjo y las postrimerías del simbolismo canalla. Se nutre en su vagabundeo errante de Verlaine, Rimbaud y Laforgue: lo que debió ser estimulante para él, sentir que el malditismo vital puede convertirse, o mejor, debe convertirse en poesía por mor de una vocación de demiurgo suicida. (comprende que el dolor exhausto debe conllevar también su inflación de misticismo artístico, la cual debe ser devaluada mediante el sometimiento al albur del poeta, a su hado y a su ampo inefable y único). Leon, conocerá así a un muchacho belga de su misma edad y anarquista radical que vive en completa miseria y la acepta sin mayores inconvenientes. Este belga le forjará y adiestrará en la vida zorzal y canalla del dédalo parisino. Trabajará en varios empleos, como figurante, guía de turistas extraviados (¿existe el turista sin extravíos?) o repartidor de propaganda en los bulevares. Será apache, esto es, un rufián buscavidas que merodea por Pigalle o Clichy en busca de víctimas propiciatorias a las que dar el sablazo. En 1901 pasará un tiempo en Italia a merced de su abuela (el único ser que le tuvo cariño), recién fallecida, que le deja una pequeña fortuna (12000 fr.) como herencia: la cual malgasta en Génova y Florencia en una vita nuova repleta de iniquidad y excesos. Leon Deubel es un joven insatisfecho y de corazón necrosado, un fantasma errabundo que llora intensa e incansablemente, sin saber siquiera por qué motivo aún. Por entonces escribe Le Chat des routes et des deróutes, donde escribe versos precursores de De Chirico : « volando va la hora en sombras infinitas ». En 1904, ya instalado de nuevo en la miseria de bancos y plazas parisinos, escribe Sonnet d’Italie, colección de poemas de corte nostálgico, de aquellos días en que quizá rozó la felicidad. Serge Persky, que fuera traductor de Gorki por entonces, le hace su ayudante, pero en tal sinecura sólo permanece un año. Cuando no duerme en la calle, Deubel, preso de su introversión y depresión sublimada de horrores vive en un tabuco hórrido de la rue des Fosses-Saint-Jacques. Siempre lleva consigo un libro de Maeterlink (La mort). Un día de junio de 1913, límpido y níveo de soles, quema sus manuscritos y fotografías y sin decir nada a nadie, sale hacia las afueras de Paris en busca de su preciado destino, que tanto anhelaba. Se tira al río Marne en un paraje conocido como “Los siete árboles”. Encontraron el cadáver a los pocos días, llevaba una chaqueta raída y vieja, un monedero con 30 cms y una desgastada cartilla militar. Como cantó tantas veces el desdichado Leon:

Oh muerte, apacible y soberana

Libérame de este cuerpo obsceno

Quince años más tarde, en 1929, el Mercure de France, de la mano de Georges Duhamel editaría unas Ouvres de Leon Deubel. Después de aquello pocos más le recordarían.

lunes 30 de noviembre de 2009

LAS BELLAS OTEROS

Tras la lectura de la hagiografía que Carmen Posadas dedica a “La Bella Otero”, Ed. Planeta (2001), la pregunta que me asaltó fue, ¿de qué naturaleza es la fascinación que despierta en Carmen Posadas la Bella Otero?, repasemos brevemente la basta y longeva vida de Agustina Otero Iglesias: nacida en una aldea mísera e inhóspita de la Galicia profunda en 1868, Carolina/Agustina Otero crece sin padre y con una madre medio mendiga entre el analfabetismo, el minifundio y una violación que la desbarata física y psicológicamente cuando sólo tiene 12 años. De aquí se especula bastante hasta que cumple los 17 ó 18: se une a una caravana de titiriteros que la lleva hasta Barcelona, allí conoce a un empresario que goza de sus encantos y de allí se relanza en Marsella como prostituta y semi-cocotte de pequeños e infames espectáculos de tipo café-concierto o variedades. De allí a Paris, y entonces ahí sí que arranca su vida que es un poco como decir su leyenda, que resumiremos por no hacer la lectura pesada. Estrella en el Folies-Bergere, ni danza ni canta pero esta sílfide de rasgos latinos encandila al personal: viaja por todo el mundo y ya comienza a actuar como de demidemoiselle o gran cortesana, en fin, una daifa bastante ligera de cascos que por un par de rubíes o una gargantilla de diamantes se presta a ejecutar las artes amatorias (de ahí que a este tipo de prostitutas de altísimo copete se las llamasen horizontales). Mientras va dejando un reguero de cadáveres a su paso (hasta siete caballeros llegaron a suicidarse por desamor) mantiene romances, pasiones de alcoba y saltos de cama en cama con: Alberto de Mónaco, Eduardo VII príncipe de Gales, Leopoldo II rey de Bélgica, el kaiser Guillermo II, el Zar Nicolás II y se dice que nuestro monarca Alfonso XIII. Llegó a sumar una fortuna de unos 40 millones de francos oro de entonces, que al cambio de hoy sería algo así como unos 450 millones de euros. Mantiene durante su reinado de vedette luchas encarnizadas con otras fámulas como Liane de Pougy (tomó los hábitos de novicia, se hizo monja finalmente) o Emilienne d’Alençon (esta también tuvo romances regios, aparte de practicar las artes de Safo, tan de la época), cae en desgracia o mejor, su estrellato se disipa por su edad y por la guerra, pues en 1914 marcha a la Costa Azul, en cuyo casino de Montecarlo dilapidará su fortuna hasta quedar arruinada y sola en un pequeñísimo apartamento de Niza, donde nadie ya la recordará nunca, donde malvivirá gracias a una pensión que el casino de Montecarlo la prestará como agradecimiento a la fortuna que en tan luctuosa empresa depositó, y morirá solísima a los 96 años de edad perfectamente lúcida bajo una estantigua de fantasmas y un carrusel de recuerdos lacerantes y dolorosos. Así es más o menos la historia, sin embargo, de la mano de Carmen Posadas, todo adquiere el tinte épico de una pobre chica de provincias, que, convertida en meretriz de altos vuelos logrará casi vengarse del género masculino, pero el azar, los hados le tienen guardado el terrible castigo de jugar a dilapidar su fortuna contra ella misma. Es evidente que lo que fascina de esta mujer en otras mujeres como Carmen Posadas, por ejemplo, es su capacidad para seducir a hombres, engañarlos y sacarles toda su fortuna. Esa fascinación que levantan como máximas representantes de esa progenie de artistas algo vampíricas, cuyo máximo logro ha sido el de dar un braguetazo que ha dejado sin sangre a su víctima y seguir siendo libres del yugo machista y de la unción falócrata (que además antes tanto o más que ahora se prodigase) es un error; esa impostura de mujer vengativa no debe ser el paradigma de la mujer liberada, muy al contrario, es el paradigma de la mujer que aún se siente encadenada y sujeta a una figura frente al hombre de la que es incapaz de sustraerse. Eso no es emancipación de la mujer, es manumisión en la sumisión, es decir, mayor sometimiento aún, pues somete su cuerpo y también su alma. Quisiera creer que Carmen Posadas tiene una idea moral muy distinta de lo que quiso ser y fue la Bella Otero, pero dados sus precedentes los cuales que duda cabe son legitimísimos, no puedo ser demasiado benevolente en mis sospechas…, quizá la belleza del paisaje no sea la misma divisándose desde el otero moral en el que ha vivido. Carmen digo.

miércoles 25 de noviembre de 2009

DANDISMO

El dandismo, como fenómeno etiquetado, nació en una época decadente, hacia mediados del XIX en la Francia del Segundo Imperio (otros dicen que fue Brummel durante el regentorio británico el que lo instauró sin quererlo, incorporando el pantalón largo a la moda, pero ironías de la historia fueron los sans-culotte de la revolución francesa quienes prolongaron las perneras como contrapunto al Antiguo Regimen), no obstante al igual que la paz se anhela durante los tiempos beligerantes, la estética como remedo de la ética se busca más en los tiempos convulsos y huérfanos de principios (Baudeleaire, artífice del decadentismo, incluso escribió un ensayo titulado “El dandi); Dandin fue un personaje nacido de la pluma de Moliere, de ahí dandismo, un personaje fatuo y superficial, afectado por las maneras en un resabio de emulación aristocrático que le convertía en patético y digno de lástima. Fueron dandis célebres Lord Byron, Oscar Wilde, Marcel Proust, Paul Morand y Drieu La Rochelle o Lasso de la Vega y tantos otros (incluso Francisco Umbral creo que llegó a reivindicar tal categoría para su persona), pero curiosamente la moda, lo que entendemos por moda no nació hasta muchas décadas después de este movimiento algo reivindicativo e individualista llamado dandismo (de la mano de Poiret o Doucet). Hoy en día el dandismo no es más que gilipollez, y queda revestido de una infatuación grave que vuelve a los fueros de Moliere, porque sólo prima la postura o impostura de un querer y no poder. Pero hubo un tiempo en que ser dandi supuso una reivindicación silenciosa de la moral y la libertad contra el dictado estético de las casas reales y viejas prosapias aristocráticas que ocupaban los principales salones europeos, ser dandi, asimismo suponía esa envoltura de exquisitez que muchos literatos e intelectuales querían prestar a su personaje, porque el dandismo era ya una actitud-máscara hacia el mundo y hacia la muerte (algunos precursores del dandismo, como Larra incluso dieron un broche fatal de pólvora a su existencia); y por otro lado, fue el último recurso de aristócratas de viejo cuño que sólo podían asirse al madero de su título y de su distinguido porte para así multiplicar las posibilidades del braguetazo con alguna plebeya millonaria o a ser posible con alguna marquesa con posibles. Boni de Castellane fue el paradigma de ese impostado dandismo (es decir, snobismo) que Proust analiza en su "En busca del tiempo..."; el bueno de Boni (de Bonifacio) se casó con un multimillonaria americana, Anna Gould, dilapidando su fortuna en un derroche fantasioso y extremo; construyó con el dinero de su esposa, en plena Belle Epoque, un palacio revestido de mármoles, estucos, jaspes y rococós que recordaban a Versalles. Era el palacio Rosa, al que añadió un Trianon en plena Avenue del Bois. Compró obras maestras de la pintura, tapices de Gobelinos, muebles históricos, mesas procedentes de los palacios de los zares, porcelanas italianas, relojes, vajillas de plata y oro; con el mobiliario a punto entró en un frenesí de fiestas y recepciones de una suntuosidad pareja a la del Rey Sol; con motivo de los veintiún años de su mujer alquiló el recinto del tiro al Pichón de Versalles e hizo levantar junto al estanque un escenario de cien metros de largo y veinte de altura: trajo una orquesta de doscientos músicos y ochenta bailarinas del ballet de la Opera; el número de invitados fue de tres mil. Como ya he dicho, Marcel Proust tomó prestado su perfil para transponerlo (junto con el maridaje de Robert de Montesquiou) en su personaje Príncipe Charlus, paradigma del snobismo; pero este snobismo rompe la estructura individualista del dandismo por ese inconcebible fasto y derroche cuyo ánimo, que es el de impresionar y epatar a toda una sociedad agarrada a lo material, decae en mero ciclorama teatrero de fastuosidades, cuya égida se salvaguarda en las relaciones sociales; por tanto, aquí tenemos a un snob (como tantos existen en nuestra sociedad actual, algunos de recio abolengo y tiros largos…) que representa, a pesar de Proust lo peor de ese clasismo y endiosamiento de lo que fácilmente se extrae, que a pesar de tantos esfuerzos y tanta porcelana china el propósito de ese snob se queda en su antípoda, pues el corte de un dandi no debe medirse por la hechura de su traje y la ostentosidad de sus lujos, sino por la capacidad de ser elegante sin que el dinero suponga una condición.

lunes 23 de noviembre de 2009

MISTIFICACIONES PORTÁTILES

La mistificación no es fácil; mistificar en literatura requiere ese difícil arte de revertir la realidad en ficción y la ficción en realidad sin que se note: ha habido grandes mistificadores (Borges fue un gran mistificador) pero quedo sorprendido de la capacidad embaucadora, de una mistificación dotada de una puridad excelsa especialmente con Enrique Vila- Matas. En su pequeño libro “Historia abreviada de la literatura portátil” (1985), Vila-Matas confunde ficción y realidad hasta el punto de hacer indisolubles ambos lados de la imaginación, la apócrifa con la verosímil. Como mitómano y amante de los pequeños y absurdos detalles de la vida y especialmente del mito literario ( en esto hay algo del gran George Perec) Vila-Matas nos descubre en esta historia una conjura ilustrada y fatua perpetrada por una sociedad autoproclamada SHANDY (Si Hablas Alto No Digas Yo), formada por insignes personajes como Marcel Duchamp (el de la bôite en valisse, el genio del ready-made y de la deconstrucción del arte), Georgia O’Keefe, Picabia, Rigaut, Huidobro, Tzara, Paul Morand, Gómez de la Serna, Edgar Varese, Karl Kraus y tantos otros personajes raros y excéntricos cuyas condiciones unívocas e inalienables para pertenecer a tan abyecta e inútil sociedad secreta consistían en “ser una máquina soltera”: esta condición atribuida a Duchamp proviene sin duda de su obra “La mariee mis a nu per ses celibataires, meme” conocida también como el Gran Vidrio. Amar todo lo pequeño y portátil porque el amor de lo pequeño es una emoción infantil, y amén de otros extraños requisitos, consta como importante el de “poseer una tensa convivencia con el doble”, aquí se sobreentienden dobles u “odradecks” tal y como explica el librito al estilo de Rrose Selavy, el alter ego femenino de Duchamp. En este librito se nos cuenta que Paul Morand, el dandi de las letras francesas colaboracionista de Vichy, iba a cuestas con una maleta-escritorio con la que recorría Europa (y después de leer “La noche es larga” de Morand uno descubre la diferencia entre el dandy y el snob, dandys eran Morand o Duchamp o Drieu La Rochelle, snobs Robert de Montesquieu tan celebrado por Proust, o Boni de Castellane, tan ostentoso de los salones aristocráticos del grattin parisino). La sociedad SHANDY fue fundada en un rapto de presurrealismo por Duchamp, Morand, Rigaut y algunos otros en Port Atif, poblacho africano también apócrifo. A partir de ahí Vila-Matas teje una trama delirante donde una estantigua de grandes corifeos de la vanguardia desfilan por fiestas secretas en Viena organizadas por Larbaud, partidas de ajedrez entre Tzara y Lenin en Zurich (esto es cierto, en 1916 cada uno de ellos rumiaba y preparaba su revolución frente al maniqueo damero), visitas mediante contraseña a la famosa librería de Sylvia Beach; vemos a un Gómez de la Serna engolfado en los “ismos” de entonces, o a un García Lorca descendiendo al submarino del príncipe Mdivani, derrelicto e inútil, fondeado en el puerto de Dinard, donde dicho artefacto sumergible libraba singladuras en todo caso desde el opio y el exceso de su extraña marinería (entre otros tripulantes del Bahnhoff Zoo que así se llamaba el submarino: Josephine Baker, Erich von Stroheim, Ezra Pound, Max Ernst, César Vallejo, Antheil, Colette y un largo etcétera). En resumen se trata de un librito delirante por original, donde largas digresiones y cartas apócrifas del terrible Alesteyr Crowley terminan por delatar la absurda conjura SHANDY. Se trata de una obrita originalísima para aquellos tiempos (1985, ya lo he dicho) que quizá adolezca de una prosa un tanto simplona en ocasiones, lo que también permite poder seguir la densa y complicada compilación de personajes de una forma fluida. La mistificación es tan buena que por un momento casi me la pega, pero ciertas imprecisiones o exageraciones terminé por entender que todo se trata de una simpática e imaginaria estafa. En resumen: una banda de desarrapados artistas, incapaces de tomarse nada en serio, que fueron célebres por su postura casi siempre epígona de Diógenes como anarquistas aristócratas pero no violentos; irónicos en fondo y forma toman cuerpo en esta construcción narrativa del a veces mediocre y a veces brillante Vila-Matas. Como contrapunto, la frase del Tristam Shandy que los define: “la seriedad es un continente misterioso del cuerpo que sirve para ocultar los defectos de la mente”.

miércoles 11 de noviembre de 2009

EXEGETAS DE MEDIO PELO

Saramago, el gran escritor luso afincado en Lanzarote amenaza con una nueva novela: “Caín”; en este caso estará trufada (como anuncia su mujer Pilar del Río en un reciente artículo) de todo un repaso al Antiguo Testamento y aquellos mesianismos, religiosidades y tradiciones deuteronómicas que bajo la eminente y agudísima visión del octogenario nóbel tanto daño han hecho a la humanidad durante tantos siglos. “Caín no es un tratado de teología, ni un ensayo, ni un ajuste de cuentas” dice su esposa, o sea que se trata de las tres cosas, o pretendidamente en algunos casos lo es, pues en entrevista del diario El Mundo el pasado verano Saramago dice (cito textualmente): 'Las cuentas con Dios no son definitivas', ahí es nada, Saramago, henchido de humildad y sabiduría, esa que le dan los años ( o le quitan los años) se las arregla con Dios, o con la idea del Dios Yahvé del Antiguo Testamento. Se ve que es un tema que le ha quitado el sueño durante tantos lustros hasta que al final, ebrio de ajustar cuentas, ha escanciado por su pluma tan original temática. No sé si Saramago ha leído alguna biografía sobre Stalin; probablemente sí, y haya preferido mirar hacia otro lado, como suele ocurrir con este tipo de mentalidades (recuerdo ahora “El confieso que he vivido” de Neruda, otro literato y laureado nóbel, también comunista y de corte humanitario y buenista que sin embargo justificaba el comunismo a rajatabla, ese comunismo que pretendía igualar a todos los seres humanos, y que efectivamente bajo Stalin se logró no pocas veces, la igualdad de los cementerios y las fosas comunes que a todos nos igualan), porque no le recuerdo al Nóbel ninguna declaración pública en la que condene el comunismo totalitarista que asoló tantas almas y tantos pueblos. Yo le recomendaría a Saramago una biografía sobre padrecito Stalin, la mejor que hasta la fecha se haya escrito, y que viene muy al hilo de la temática del “miedo, del temor a Dios Padre” de la que tanto abomina. Según él el ser humano se ha esclavizado a la idea de Dios (hace falta idea más pueril) por el solo hecho de creer o tener fe. En la biografía que recomiendo: “Los que susurran”, de Orlando Figes, se indaga en la maquinaria de represión que perpetró la dictadura estalinista mediante un sutil mecanismo de coerción y miedo a ser denunciado por tu propio vecino (aplicado desde hace décadas en algún país caribeño). Susurrar en ruso admite dos acepciones, la del susurro para no ser oído, y la del susurro para denunciar. Ambos susurros cohabitaron en la antigua URSS durante décadas. Lo más doloroso de aquel régimen (pues Orlando Figes toma como fuentes la desclasificación de documentos entre 1990 y 1994, pero también y ahí esta biografía se presenta como originalísima, las entrevistas a numerosos supervivientes del régimen y del GULAG, y que son memoria viva, no papel celulosa de un infierno que históricamente hablando nos pisa los talones) era comprobar como tu vecino te denunciaba a la policía secreta; porque el mecanismo del miedo consistía en eso, en sentirte vigilado por tu propio vecino, por tu propio hermano, hasta crear un clima de paranoia y terror insoportable (paradigma de lo cainita). No sé cuantos millones fueron masacrados en el GULAG (el acrónimo debiera ser la GULAG, pues viene de Administración, administración de almas…), cuantos deportados, cuantos separados de sus familias (y alguien, muy frívolamente, o alocadamente nos compara la caída del muro de Berlín con la muerte de Franco, cosas veredes), cuantos disidentes e intelectuales acallados con la mordaza de la NKVD dirigida por el terrible Beria, porque las cifras son inexactas, imprecisas, esas estadísticas de la muerte sobre cuyos obituarios aún debe pervivir una de las mayores y más infames atrocidades (junto con el holocausto) que el ser humano haya sufrido en toda su Historia ( y si pudiéramos cuantificarlas, su densidad macabra no igualaría la cifra de víctimas por causa de las guerras de religión hasta mucho antes de la Edad Media). Pero es mejor mirar hacia el pasado remoto, hacia los viejos judíos de la Torá, hacia el mito Caín, que tanta literatura da el antiguo testamento a fin de cuentas; es mejor echar la mirada sobre un tema tan manido como las guerras de religión o el paleocristianismo, le concede a uno como una pátina de viejo sabio, como si la deconstrucción dialéctica (pretendido derribo, sus pretensiones son en algunos casos hilarantes) de unos textos sagrados de muchos siglos le concedieran esa elevación intelectual de la que sin duda se cree tocado por los dioses (si es que cree en más dioses aparte de los prebostes del poder político). Saramago debería escribir sobre la URSS de Stalin, pero no creo que lo haga, está ya mayor como para reconocer la verdad. Prefiere seguir remando entre aduladores, creyendo que lo hace contra marea, cuando su barca está encallada en tierra: porque en el fondo Saramago me atrevería a decir que es un galeote de su propio sectarismo. Yo me atrevería a decir, por acabar, que es un exégeta de medio pelo metido en un traje demasiado grande: pero se ve que la edad en este caso empuja a restar pudor y a sumar errores, siempre y cuando el que se equivoca no esté dispuesto a reconocer que yerra jamás.