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sábado 11 de julio de 2009

PICASSO Y COCTEAU

La amistad entre Cocteau y Picasso gravitó desde sus orígenes en torno al teatro de Diaguilev, forjándose una extraña amistad entre ambos durante su estancia en Roma, hacia el final de la Primera Guerra mundial, en el que se emplearían a fondo en el desarrollo del revolucionario ballet Parade, estrenado poco después en el teatro de Châtelet (con música de Eric Satie, el gran gimnopedista). Su amistad común con Apollinaire hizo las veces de catalizador a un afecto mutuo en el que estos dos grandes heliogábalos de las artes estaban condenados a prodigarse. Mientras Picasso era un anacoreta o misántropo urbano de las escuelas y academicismos, Cocteau era un arribista que no perdía ocasión para buscar aquellos proscenios y tertulias donde erigir filiaciones artísticas o suscribir pactos no escritos con mecenas o padrinos: Anna de Noailles, la Princesa de Polignac, Marcel Proust, Debussy, Eric Satie, los condes de Beaumont o Isadora Duncan se contaban entre una hacina de amistades aristócratas y de la alta sociedad que lograban amplificar el luminoso talento que este hombre, inmolado ante las artes (fue un malísimo estudiante, primer síntoma del superdotado inadaptado y aburrido ante la escuela sofocada por axiomas o nemotecnias) no hubiese más que logrado unas sombras chinescas de su particular quinqué artístico de no ser por su especial olfato para saber cómo, qué, cuándo y quién respecto a las artes del momento (fue poeta, novelista y libretista, también cineasta, pintor y escultor). Los dos eran devotos de esa mitología griega plagada de deidades, dríades o faunos: fue precisamente tras Parade cuando Picasso regresa provisionalmente a unos dibujos de estilo clásico cuyo trasunto gira entorno a figuras micénicas o dioses de la Grecia preclásica, aún aureolados por ese misterio indescifrable que el trazo de Picasso se encarga de dotar de una existencia plenaria de tiempo o eternidades. Mientras Cocteau ya venía trabajando desde incluso antes de la guerra con Diaguilev y Stravinski (La consagración de la primavera, otro grandísimo escándalo en su estreno en la primavera del catorce, esta vez contando con la provocación lúbrica e histriónica del grandísimo Nijinski) Picasso sin embargo se estrenaría en las artes teatrales, innovando nuevas plásticas y decorados a expensas de Diaguilev, el cual propiciaba que la composición fuera provocadora o insurrecta frente al lumpen burgués, garantizando así el escándalo y publicitándose por tanto (un visionario adelantado de estos otros productores modernos de la tele que buscan desde hace décadas la obscenidad o la sevicia patética con tal de ganar cuotas de audiencia). La muerte de Raymond Radiguet sumiría a Cocteau en una profunda depresión, llegando a declarar que no volvería a escribir nunca más; aquellos primeros convulsos años postbélicos trajeron la nueva luz del surrealismo, cuyo solio portaba a golpe de tirano André Breton: Picasso cabalgaba entre el clasicismo y su cubismo, el cual ya casi había agotado, y del que cada vez resurgían más imitadores, degradando un estilo que había sido el más trasgresor y original desde tiempos del renacimiento. Fueron años en los que la figura del arlequín (el dioscuro según palabras de Rilke), Policinella y demás personajes de la Commedia dell’arte trufaban decenas de óleos y dibujos de Picasso, pretendiendo inaugurar con ello una nueva mitología moderna (personajes rescatados del imaginario popular y del circo, espectáculo del que Picasso, al igual que su compatriota Ramón, era un gran entusiasta). En cierta ocasión, visitando Cocteau a Picasso en su estudio de Montparnasse, aquél se presentó disfrazado de arlequín, deseoso de que Picasso le retratase vestido con ese traje ajustado y losangeado que tan bien debía quedarle a Cocteau. Picasso se negó, no detalla por qué el biógrafo (quizá sea un chisme apócrifo), lo que es seguro es que el autor de Los niños terribles, o El cortejo de Orfeo, hubiese sido el arlequín paradigmático y redivivo de la obra de Picasso; nadie más que él, con su mirada entre soñadora y alerta, su delgadez extrema y sus manos como de pianista o tañedor de lira órfica, hubiese representado al arlequín, ese arquetipo humano entre el patetismo y el humor, entre el sortilegio del soñar y la desorientación del vivir, tal y como era Cocteau. La posteridad brindaría algunos retratos de Picasso a Cocteau, aunque Picasso era amigo de retratar a cualquier persona, animal o cosa que se le pusiera a tiro (exceptuando los paisajes, de los que no era muy amigo). Viendo estos días La sangre de un poeta u Orpheo, comprendo que Picasso y Cocteau debieron hacer esfuerzos próvidos por alcanzar un arte como aquél sin caer en la desgana, pues ambos prebostes de las musas lograron ganarse el aplauso de las artes pero también la ira de sus incontables enemigos como pocos artistas han protagonizado en el siglo XX, pero ambos defendiéndose como Teseo y el Minotauro, esta vez aliados contra el enemigo común que sólo es posible mirar a través de espejos o emboscar en laberintos cubistas cuya Ariadna quedó holgando en algún ballet ruso, de esos a los que Picasso era tan asiduo .

domingo 28 de junio de 2009

OFICIOS DE VERANO: EL RODRÍGUEZ(III)

El rodríguez nació para ser todo el año rodríguez, pero se quedó en nombre de pila, Paco, Paquito como le conoce y lo llama la parienta, ya que sólo disfruta de Rodríguez (rodriguez entonces alcanza el apogeo de su sentido, su anonimato, su masa entre tanta masa) una semanita al año. Es un oficio oficioso y menesteroso esto de ser Rodríguez: pero si entendemos por oficio el desempeño profesional remunerado, entonces sí es oficio, porque hay un emolumento exorcizador y lúbrico sobre las abadernadas carnes del sujeto, y su ejecución es profesional, se requiere profesos (incluso epígonos o discípulos) y hábitos para alcanzar los grados de maestría con que el Rodríguez hábilmente autojustifica sus días de libertad y canícula infernal en la ciudad. La naturaleza del Rodríguez es dúplice y laberíntica: el Rodríguez ha pasado un año sometido a ser un ser que se detesta (a un adocenamiento que aborrece, a un ilotismo conyugal que le escarnece, a una rutina subsumida en algo instintivo y genuflexo), pero sólo para poder disfrutar de lo que queda de sí mismo una semana al año: esa semana de julio o agosto, cuando los muladares de su sepultado carácter resurjan con ímpetu de manantial, cuando la almoneda de sus privilegiados días sea revendida entre la abacería de sus amigotes de francachela y meretrices, de alcohol algo garrafón en el que naufragará su pena profunda y ontológica, en la fámula en cuyas carnes buscará el fiat de su última verdad, de su frustración masoquista y penitente: la estantigua de sus pesares desfilará entre otros monstruos durante las pesadillas de su sueño etílico; cuánta teología maniquea y agreste, como su facundia, se apelmazará en su pulso tembloroso y arrepentido, cuando su esposa llame desde la playa y le ponga a Clarita o a Josete, sus críos de cuatro y cinco años, y tendrá que reprimir el llanto, el llanto exangüe de sus felonías, aún entreveradas en su conciencia frágil y pusilánime. Su vida durante esas jornadas será vampírica y nictálope, y su conciencia moralmente aherrojada, creerá liberar tantos meses de postración y presidio.

El Rodríguez, durante el día, con una resaca de campeonato, languidecerá en el sofá, rodeado del cardumen de latas vacías, desaseo y desorden, extenuado por su peso y por su conciencia: su perspectiva será cuadrilonga y estrecha, como su vida; consumirá a todas horas fútbol de verano y se rascará la barriga sin pudor (su impudor no forma parte de él, sino del monstruo que le posee en verano, el monstruo del Rodríguez, en realidad el pobre Paco, Paquito logra ser cuando no le ven, ahí si podemos establecer un halo vampírico a su naturaleza), porque el salón, como requiere una criatura de la noche, estará casi oscuro, con las persianas echadas, pues un sol cruel e implacable golpea e insola las ventanas, y es que un año más el Rodríguez no pudo poner el aire acondicionado en casa, pues su salario de mileurista no da para más. Al llegar la noche, despachará la llamada de su esposa y saldrá a comerse Madrid, atestado de guiris y paletos (se cruzará con el socorrista y su primo, ocupados en otras actividades estivales y también hormonales), e intentará junto a sus amigotes de oficina (irredentos Rodríguez, siempre capitaneados por el compañero recién separado de su mujer, convertido en adalid y héroe de la recua de Rodríguez que asperjan la polis con su desdicha y tristeza a cuestas) ligar con jovencitas veinteañeras como rodrigones algo ajados, las cuales les darán calabazas, justificando así una noche más de putas. En el Rodríguez, profesional dúplice de la moral, el irse al lupanar de siempre no supondrá problemas, los ocho copazos que apenas le sostienen en la noche le devuelven su verdadero nombre: mientras desbarre a trompicones por las calles de Madrid, y queden sólo él y el pobre compañero o galeote de infecta oficina, vociferarán por la avenidas como cuando eran jóvenes, borrachos de libertad y alcohol, y blasfemarán y dejarán más bajo que el alcantarillado sobre el que transitan el nombre de sus mujeres, declamando letanías y teofonías sacrílegas algo corales : dedicando sevicias y otras flores inclementes al recuerdo de sus cónyuges.

A la mañana siguiente, de penúltima resaca, con un dolor de cabeza proteico y justo, volverá a reprimir el llanto, hablando con su niño, cuya voz infante le hará recordar su degeneración y su pecado, que arrastra como una losa con grosor de túmulo. Regresará deseoso de ver a su familia, unciéndose al yugo familiar jubilosamente, como el naúfrago urbanita que se devuelve a su sedicente ser: uniéndose a las vacaciones agosteras en la playa, y Rodríguez volverá a ser Paco, Paquito. Vuelve a sus fueros y al lugar que le corresponde nuestro Rodríguez, a una vida que pudiera ser plena pero que se ofusca en nominar como abominable (exceptuando a sus hijos), porque el Rodríguez no sabe, nunca quiso saber que es un cobarde incluso para sí mismo: esperará un nuevo año para volver a ser Rodríguez, su espera no será muy larga, porque la paradoja del Rodríguez radica en que nunca quisiera renunciar a ser lo que es, Paco, Paquito, como le conoce y llama con cariño su señora esposa.

sábado 20 de junio de 2009

OFICIOS DE VERANO: LA CANTANTE DE VERBENA (II)

En su trashumancia alegre, bullanguera y fatigada, la orquesta o grupo musical de fiestas de verano, parece sufrir una urgencia mientras nos despacha su repertorio pachanguero. Nos parecen unos juglares modernos estos músicos, pero por la modernidad de los amplificadores y los ecos sobre las tapias del cementerio o el frontón de la plaza (como reverbera su estridencia sobre los muros graníticos del camposanto, tememos que despierten los difuntos y que presenten una queja a San Pedro), como queriendo convocar a los espectros que duermen la siesta eterna o a jugadores imaginarios de frontón que hubiera que echar a gritos del lugar, pues no son horas de jugar a la raqueta, aunque sea fantasmalmente, es hora de verbena con luces y banderitas de celofán, es el momento de congregación al baile, donde generaciones de azadón armonizan su pasodoble aunque la cantante se emplee a fondo con lo último de Bisbal, junto a turistas con ese sabor urbanita en sus caderas, cuyo movimiento les delata los ecos frenéticos que aún guardan sus malhadados cuerpos (de tanto trajín durante el suspecto año laboral en la ciudad). Hay una nostalgia del presente en el grupo de verbena veraniega, porque sabemos que su presencia es pasajera al igual que el verano, y nos recuerdan otros veranos con otros rostros distintos pero iguales, y ahí descubrimos el trampantrojo, la trampa del verano, las ilusiones de la memoria; porque sentimos ya su despedida lúgubre, presentimos con resignación que en pocas horas irán desmontando el escenario, desconectando la caja de mezclas y los grandes altavoces, embaulando los instrumentos, aún contritos y con el resuello de sus vibraciones sonoras entre sus cuerdas y cajas acústicas, llevándose la bullanga del verano a otros pagos. La mirada de la cantante contradice su sonrisa y sus jaleos a la diversión, pues reviste algo de frustración, de leve desdicha, como un velo de decaimiento y de provisionalidad, y nos resistimos a creer que aspire y ambicione otros horizontes, como participar al menos en programitas casposos y perversos tipo Operación Triunfo (que con certeza se habrá presentado a las pruebas en las últimas ediciones) porque esto que ahora hace debiera ser un éxito, al resucitar una juventud cautiva en esos cuerpos escorzados en algo de esqueleto ya (los naturales del pueblo, octogenarios y felices, con sus manos telúricas y agrimensoras, estragadas de campo y aire, o enrayadas con un piélago de líneas de rumbos navieros, de sol y salitre, si el pueblo fuera costero), al devolver una esquirla de dicha a los concurrentes a esa verbena de aguardiente y algo de olor a corral, a vaquería o a ubre glabra y sonrosada. Y no queremos pensar en ello, nos resistimos a creer que la rubia algo rellenita que se desgatiña la laringe con viejas canciones de Julio Iglesias, Mocedades o Giorgi Dan, esté en fuga con lo que sus ojos ven y alientan, y es que el repertorio de canciones suele ser nostálgico, yuxtaponiendo entonces la nostalgia propia del pasado con la del futuro, pues lo que presentimos que ocurrirá (en esa nostalgia del presente) es la certeza de ese bucle irremisible en que se convertirá su despedida, confundiéndola así con la de otros años ya lejanos. Tiene algo de teatro de variedades al aire libre el escenario (siempre un entarimado elevado de madera), de vodevil en el que sólo se cantase, esperando indefinidamente la siguiente actuación del mago o el humorista, que nunca comparecen. Una patulea de niños se encarama siempre bajo el escenario, mirando bajo las faldas que hubiese llevado la cantante (va en pantalón muy ajustado con lentejuelas y flecos algo western).

El público joven, cuando los indígenas senectos e infantes ya se han retirado a intentar descansar (se sumarán a la noche insomne de los pobladores del cementerio, algunos como mero precalentamiento para el futuro), la plaza queda exigua y reducida a parejas agarradas a un pasado como más romántico, a una libación como de las esencias del verano, porque parece que la esencia de la noche estival debiera libarse siempre en lo aéreo, en lo exterior, que es cuando orean los siglos de pueblo sobre los pequeños guiones de tiempo en que se condensa el verano (la antítesis del repertorio de la música de verbena es el bar de karaoke, meretriz de covacha donde se simulan las fiestas veraniegas que se hubiesen deseado prolongar para siempre). También quedan borrachos y parejas enamoradas que buscarán el recodo o la esquina de penumbra, donde convocar sus primeros besos o sus vomitonas, pero como mera excusa por huir de la estridencia que comienza a roer sus tímpanos adolescentes o sus tripas horras de condumio pero ahítas de alcoholes de alta graduación. Volverá el próximo verano este grupo musical de festejos, en su nomadismo bucólico, será otra muchacha con ojos aliviados de esperanzas y esperas, como una bacante desahuciada de su verdadero oficio; ensayarán su repertorio en el rosario de pueblos y pedanías que recorrerán con añoranzas de otro destino, que por fortuna nunca acertará a asetear con sus dardos envenenados de glorias impostadas (seguirán probando fortuna en las pruebas liminares de estos programas televisivos que quieren asesinar el último rescoldo de sentido común y sentido estético), languidecerán en el período invernal nutriéndose de esperanzas vanas y pequeñas melancolías de esos veranos fatigosos pero genuinos donde el público se entregaba a una catarsis veraniega donde la voz pachanguera contribuía a conformar un recuerdo que por muchos nunca sería olvidado. La voz de sirena extraviada, cabalgada entre veranos nos llegará en su recuerdo mucho después, con esos ecos que parecen haber firmado una heredad definitiva con el firmamento, para quedarse entre las estrellas para siempre.

martes 16 de junio de 2009

OFICIOS DE VERANO: EL SOCORRISTA (I)

El socorrista de piscina en Madrid no socorre nunca, afortunadamente. En su sinecura tediosa, el socorrista prestigia los veranos de la urbe con su ocupación desocupada, estatuaria y deficitaria de novedades. El socorrista suele ser estudiante sin un euro en la faltriquera, que desgasta las horas en su solaz piscinero y socorrido del ferragosto madrileño, repasando los apuntes de Derecho Romano o Teoría de Estructuras II, pues una nueva convocatoria le espera en septiembre como un cadalso al condenado a muerte. Pero en sus ratos libres, que son casi todos, desea que alguna sílfide sufra un patatús o un calambrón donde cubre y poder aplicar el boca a boca como tantas veces vio acometer al horterísima de David Hasselhoff en la tele (doblemente odiable, por hortera pero sobre todo por ligón), pero su sueño queda casi siempre diluido por los gritos de la vecina gordísima y marujísima del cuarto, que le solicita o exhorta a que la cubra de crema bronceadora las arrobas que conforman sus orondas carnes, desde la cerviz a casi el cóccix o rabadilla, dejando sus manos embadurnadas de grasa y renuentes a ejercer cualquier otro ejercicio voluptuoso durante algunas horas o años. El socorrista, en su particular penitencia, se convierte en un héroe anodino y menestral, pues debe bregar con los monstruos y niños terribles que salpican al personal o soportar las arengas del jubilado aburrido, que todas las mañanas a las doce en punto se da un chapuzón obligando al socorrista a echar de menos el repaso de los elementos finitos o el corpus iuris civilis, cargando así su conciencia de irresponsabilidad y soflamas jubilares sobre fútbol de verano o subidas de impuestos por parte del gobierno, que tan igual le dan a nuestro mercenario estival. El socorrista suele epatar sin quererlo a las muchachas núbiles que libran arduas batallas por ganar su atención, pero el soco prefiere a la hermanita mayor, cachazuda en carnes y que se dejó lucir palmito en los albores del verano, cuando todo eran promesas y las teorías de estructuras podían estar aún por sus cimientos. A veces se acerca a alguna niña y pregunta por su hermana mayor, pero obtiene la fría y dura verdad, su hermana está en Ibiza, pasándolo bomba; y es entonces cuando redescubre su inane y desgraciada suerte, pues sus amigos también disfrutan de unas vacaciones costeras en compañía de sus padres, donde no faltarán noches de luna llena y playas de jubilosa arena. El verano discurre lento, entre rutinas de pasafondos y canículas agosteras; alguna tormenta de verano le permitió escaparse antes de lo permitido, pudiendo salir de farra por la desértica Madrid, atestada acaso de guiris o paletos, acompañándolo en su triste singladura el único que aún queda por el foro, su primo mayor, que lleva ya quince años estudiando para notarías, y es ya un habitual de los veranos rodrigueros y mendicantes de vacación. Cuando se aproxima septiembre, el socorrista, convertido ya en estatua de sal, condenado a contemplar hasta el hartazgo la solitaria y rectangular lámina de agua, sin derecho siquiera a hacerse unos largos, comienza a sentir la proximidad de los exámenes: inequívocos e irrevocables en su fecha, como una citación judicial. Será entonces cuando la hermana mayor de una de sus admiradoras núbiles regrese de Ibiza, con su piel morena y turgente y su mirada ahíta de conquistas pasajeras, haciéndole la corte y despistando así su objetivo académico. El soco perderá entonces la cabeza, tan en secano largos meses, y demorará el repaso de sus apuntes con apasionadas y falsarias conversaciones sobre el sol de Ibiza y las bondades del verano, tan prohibitivo. Septiembre le deparará unas calabazas inexcusables, tendrá que volverse a matricular de Estructuras II o Derecho Romano, otro año más. El otoño comenzará a dejarse sentir, menguando la luz de los días y acentuando el azul del cielo madrileño. Con lo ahorrado podrá sacarse el carnet de conducir que tanto ansiaba, y a pesar de los cates, una extraña nostalgia de los días pasados como socorrista le habitará, pues al final, felizmente nuestro héroe perezoso y menestral habrá conquistado el corazón de la codiciada hermanita mayor. El próximo verano se marchará con ella a la playa, eso seguro. Ya tiene pensado ahorrar lo suficiente trabajando los fines de semana del largo invierno como camarero en un bar de copas.

viernes 5 de junio de 2009

DOLORES DE CABEZA

Un dolor de cabeza no es más que un dolor. Otra cosa es un dolor de espíritu, que casi nunca duele. La turba consume apósitos y se nutre de aspirinas del presente para aliviar el no dolor de la muerte, que se cierne como un purgante último a una vida trufada por el tedio. Hay gente que no sabe ya que existe: las maldades humanas suelen recogerse entre los seres poseídos por el spleen, siempre tan benévolo y diabólico. Las cosas pasan, la sociedad discurre ametamórfica y cifrada en el nombre de las calles por donde pasea, los políticos denudan las ideas arborescentes del solar hispano desde las atalayas de la información unilateral y única, poco proclive a pensar, poco incitada a vivir, si es que vivir lo pudiéramos definir como un proyecto. No hay proyecto: sólo adosados, letras y trabajos infames (el resto son parados) con legañas matinales y piedras en lo alto de colinas, más que prestas a caer y aplastarlo todo, o mejor, a mantenerse erguidas en su nueva existencia complaciente, liberadas de toda responsabilidad, alegres de sentirse contempladas por miradas que no son capaces de ver más allá del horizonte que marca la esquina del hipermercado. La ciudad devora, pero la sociedad se autodevora como un cáncer: si hubiera que cambiar algo lo mejor sería partir otra vez de cero. La tecnología y la complacencia, la rapidez, lo inmediato, la sobresaturación del hipotálamo, la ética relativista y el pathos natural como un demonio. La congregación de los zombis ávidos de ser, por ser algo, y ya ni su inercia se soporta en ser mucho más-contradiciendo a Spinoza, que reescriba su “Etica” o siga puliendo lentes-, el mundo globalizado como un globo hinchado y creando lejanías en su cercanía tecnológica, la síntesis de la mirada redime el detalle en todo caso del átomo o la encrucijada del Islam, pero el resumen de lo global exime de intermedios reflexivos, porque las riadas de información cauterizan unas almas ya flageladas por el supraplacer de su animalidad. No soy un optimista mal informado, tampoco un pesimista con una información exacta. La inexactitud de mis juicios proceden de la irregularidad descentrada de una sociedad cuya historia pudo conocer, pero que ni siquiera atisba a comprender. Si el presente es el producto del pasado, algo muy extraño se nos ha escapado que quizá nadie haya aún comprendido. La ciencia nos brinda caminos de conocimiento pero la ignorancia se hace más patente ahora, en una sociedad desfragmentada entre las teselas de su ignominia. La velocidad, tótem de nuestro tiempo, resulta el paradigma dionisiaco que se revela como una fuga del propio existir, renuente a ser fotografiado, como no sea en todo caso para comparecer ante nosotros mismos. El hombre-máquina se perfila cada vez más nítidamente: el utilitarismo, el relativismo, la deconstrucción del pasado, la vida como un juego nihilista embozado en un océano de información. El espíritu social, siempre más indefinible que cualquier movimiento anímico, está cambiando a un ritmo tal que la forma ya no es posible retenerla. Un dolor de cabeza no es más que un dolor.

sábado 30 de mayo de 2009

UNA COSA MENTALE

Adalid de las vanguardias francesas de principios del siglo XX, coqueteó con el postimpresionismo, el fauvismo, el futurismo, el cubismo (su ensayo sobre dicho movimiento, Les peintres cubistes) o el dadaísmo parisino. Fue íntimo de Picasso, hasta que su amistad se truncara por el célebre caso del robo de la Gioconda, lo que supuso una delación por parte de Picasso (o un silencio cobarde hacia su amigo Guillaume) ante las autoridades que empujó a Apollinaire a apoyar al grupo cubista-orfista del Puteaux en claro desdén hacia Picasso o Braque (Metzinger, Gleyzes, Delaunay o Leger, entre otros fueron exaltados en el citado libro por Apollinaire). El autor de "Alcools" o "Caligrammes", fue el primero en acuñar el término surrealismo, bastante antes que la parroquia de André Breton publicara el primer manifiesto surrealista. Fernande Olivier, la que fuera amante de Picasso en aquellos años 10, lo describía así:

“Tenía un aspecto agradable, distinguido, de rasgos angulosos, con unos ojillos bastante juntos, una larga nariz romana y unas cejas que parecían comas. La boca era pequeña y a menudo parecía empequeñecerla deliberadamente al hablar, como si quisiera acentuar mordazmente lo que decía. Era una mezcla de distinción y una cierta vulgaridad, que se manifestaba en su risa estrepitosa e infantil. Sus manos y la untuosidad de sus gestos recordaban a un sacerdote. (Y de hecho corrían rumores de que era hijo de un prelado del Vaticano. Su madre era rusa o polaca). Pero lo que más llamaba la atención era su manifiesto buen carácter. Era tranquilo y agradable, serio, afectuoso, inspiraba confianza en cuanto se ponía a hablar…, y hablaba por los codos.”

El estreno de su obra “Les Mamelles de Thirèsias” en Paris no estuvo exento de escándalo, pero esta vez el detonante no provino de parte de artistas conservadores (los cuales ya venían protagonizando numerosas reventadas a los estrenos más transgresores, como La consagración de la primavera de Stravinski a cargo del ballet de Diaguilev y Nijinski, que acabó en un tumultuoso y colectivo altercado entre detractores y entusiastas, sino del mismísimo Jacques Vaché, protodadá en estado puro, el cual, uniformado aquella velada con un traje castrense desenfundó una pistola al final de la pieza(algunos dicen que un Colt 45, el mismo arma que solía llevar consigo Cravan) y amenazó al público por considerar la representación muy plástica y fuera de lugar.

Al irreverente e insensato Cravan le retó al campo de honor (Apollinaire era una extraña mezcla de hombre de honor al estilo del XIX y distinguido poeta proclive a la provocación más descarnada y el rupturismo más impremeditado) en respuesta a una grosería que le dedicara aquél a la esposa de Apollinaire, Marie Laurencin; Cravan en todo caso hubiese estado dispuesto a recoger el guante en el cuadrilátero, cenáculo de lucha donde por mor de su envergadura y ciertas dotes pugilísticas hubiese podido defender con cierta dignidad su descerebrada imprecación. No pudo más este que rectificar sus palabras en una disculpa algo chusca y embridada por el miedo a ser atravesado por un certero disparo.

Fue un captor de imágenes, la imagen poética lo era todo para él, al punto de introducir los caligramas (imágenes formadas por la estructura libre de los versos) como una nueva forma de arte. “Torre Eiffel, pastora, el rebaño de los puentes bala esta mañana”. Seguidor de la patafísica del inclasificable Alfred Jarry, aspiraba a un arte que no fuera referente de nada, un arte antiretiniano (como su amigo Marcel Duchamp también vindicaba desde el paródico ready-made en su semiexilio neoyorkino) cuya imagen ya no fuera una plasmación de la realidad, sino una cosa mental (la cosa mentale renacentista) que se refiriera por sí misma a sí misma, un arte puro que quedara eximido de servidumbres sensibles del espacio o el color objetivo (para Apollinaire la raíz del mal realista devenía de artistas como Courbet , tachado de artista puramente retiniano). Cuando en agosto de 1914 estallase la guerra, Apollinaire (nacido en Roma) solicitó la nacionalidad francesa para poder combatir en el frente. Efectivamente luchó, siguió escribiendo poesías entre trincheras y fue herido de gravedad en la cabeza, no sabemos bien en que verso. Una lenta recuperación le dejó postrado algún tiempo, enviscándose en su frágil salud el virus de la mal llamada gripe española, que por entonces diezmase Europa. Murió en noviembre de 1918, cuando la guerra hubo llegado a su fin. Quizá hubiese sido el gran poeta del siglo XX, o quizá no, y su imagen haya quedado agrandada por su temprana muerte, sus conocidos escándalos y su providencial cercanía a los prebostes de las principales vanguardias pictórico-artísticas del siglo XX. Como una vez dijo, en frase que resume y cifra su extravagante personalidad: “Si no hay orden, la vida es imposible. Si no hay aventura, la vida pierde sentido”. Quizá la vida para él, en su extrañísima y corta aventura no fuera más que una cosa mentale, como el arte al que aspiraba. Porque casi siempre, como dijo alguien, la vida suele imitar al arte.

viernes 15 de mayo de 2009

PAN, HISTORIA Y CIRCOS MÁXIMOS

Nos desenvolvemos entre las brumas vagarosas del sueño y la vigilia, entre la Historia y el mito. Lo mitológico cobra un protagonismo pujante como visor de corto alcance en el devenir del hombre moderno, es decir, de nuestro presente, carente de horizontes futuros o provisto de tradiciones pasadas, cada vez más carcas e incomprensibles, ¿no? La Historia al fin no será más que un orden fáctico amoldado a un compromiso con el mito, que antes que nada se conformó sobre un barro de naturaleza desconocida pero verdadera. Hay más verdad en el mito que en la propia Historia, y eso que aquel nace siempre de una mentira científica (ahora se lo llama pensamiento mágico). El hombre pretendidamente moderno, es más antiguo en el sentido de primitivo, por distanciarse de sus fuentes primeras y caer en lo banal y en lo burdo (ayer tiré la televisión por la ventana, es un ejercicio saludable y recomendable siempre que no haya viandantes): los políticos fabrican mentiras para tener al lumpen hechizado con panoplias de cartón-yeso. Es más fácil engañar a una multitud que a una sola persona, esto ya lo supo ver Marx. En fin, que me voy por las ramas, seguimos siendo fáciles de domeñar, incluso por un idiota si éste hablase con la suficiente vehemencia (el caso es que no le veo ni convicción aunque sí mucho discurso enérgico, como si comprendiera verdaderamente lo que declama ante su auditorio), y esa mitología que hasta hace poco ennoblecía nuestro insigne panteón de valores, se estremece al sentir el fulgor jupiterino de lo banal, envilecido por contravalores míticos como la fama, el dinero, la gloria, el poder, la libertad o inclusive uno que me suena chicle demasiado mascado: la sacrosanta democracia. “De un museo en llamas salvaría el fuego”, decía Jean Cocteau. Algo así me parece a mí ahora. La libertad del individuo quiere ser como maximizada y glorificada desde instancias políticas, cuando lo que en verdad se alienta y fomenta es la prisión del espíritu, embargada entre las infinitas teselas del infausto y criminal libre albedrío (“Mi libertad acaba donde empieza la de los otros”, decía el líder de la Falange en los años 30, mira que el aprendiz de Duce tenía en eso bastante razón). El político avieso y deliberadamente irresponsable sospecha que el panem et circenses se columbra y explota en una amplificación de esos contravalores inflados por el soplo letal del contra-mito moderno: y es verdad que cuando una sociedad inmadura en valores se la consiente y ceba con prebendas morales o argucias nefandas termina por fagocitar esos valores pervirtiéndolos en pos del libertinaje, máxima expresión del ser degradado y caído en las rejas de su deformada y malentendida libertad. Quiero decir: nuestro espíritu, o lo que queda de él, y sigo en esto a Spengler, es fácilmente reconvertible en valores cuando es guiado por unas directrices morales interesadas (véase lo que sucedió en la sociedad de la Alemania Nazi), pero asimismo el político del momento no surge por arte de magia, como “caído del cielo”, no. Es un resumen, producto y síntesis de una sociedad con mimbres morales definibles pero aún embozados en su cuerpo, si es que una sociedad tiene cuerpo: por eso dicha sociedad espejea ante el político de turno el cual degrada aún más a una sociedad condenada a privarse de los verdaderos valores. El pecado no expiado casi siempre es la penitencia del pecador: tremenda paradoja cuya lentitud en su causa-efecto no nos lo permite ver claramente. Este anteproyecto de ley que pretende ser ya ley para que las muchachas de 16 años (por ejemplo) que olvidaron comprar la píldora del día después, puedan abortar bajo el tercer supuesto sin necesidad del consentimiento de los padres, no es ni mucho menos el último escalón, como dicen algunos, de un Estado emperrado en hacer “más libre y más sana” a una sociedad también empeñada en inmolarse en su parnaso desquiciado de bienestar, abulia y contravalores: quedan muchos otros, pero la pendiente ahora sí que sí es hacia abajo. No hay problema: referiré de nuevo a Spengler. Las civilizaciones sufren un nacimiento, desarrollo y defunción al igual que cualquier organismo, de hecho, una civilización es un organismo vivo. Después llegarán otras, “Oh tempora, oh mores”, pero pequeño, vanidosillo y patético individuo mortal (le podría decir algún político), no te desesperes: a fin de cuentas no estabas aquí ni para salvar el mundo ni para que tu civilización perviviera por siempre. Sic Transit Gloria Mundi.

sábado 9 de mayo de 2009

EL WIKIERUDITO

Siempre intento (es mi caso, el caso más cercano que conozco) que las tonterías que escribo estén revestidas de un algo distinto, de un marchamo de autoridad o de cierta originalidad en la idea que intento transmitir, evito meter culturilla a porrillo, y asimismo huyo de las citas injertas como apostillas de erudición enciclopédica, porque es casi siempre innecesario y tiene un soniquete falsosillo del que intento huir, de ahí mi poco predicamento en escribir artículos como un remedo de factoría de batiburrillos varios; de otra manera podría escribir veinte artículos diarios con espíritu de hamburguesa clembuterolada, eso es fácil, pero sé que cuando los hubiese escrito ya no recordaría nada, sólo un falaz sentimiento de haber aportado algo a la degradación de la verdad (la verdad se degrada por la red a velocidad directamente proporcional a la cantidad de vanidosillos que se multiplican en tal atmósfera proclive a la infamia). Estos tiempos, entre otras criaturas cibernéticas (más en el nuevo ámbito del Blog) nos han traído el wikierudito, es aquel, que o bien mediante la muy dudosa wikipedia o a través de diversas informaciones fragmentadas como maderos a la deriva en el proceloso océano de Internet, dispensan tal cantidad de artículos “copipasteados” que incluso el plagio, en el sentido etimológico no es tal, sino un burdo “copipasteado” (el término no es mío, una nueva acuñación de tales rapiñas de la red). Por un lado tendrá su componente negativa, pues el lector solapado (aquel que no pasa de la solapa de los libros) se obligará, quizá lleno de tedio y pereza, a buscar por la red numerosos artículos de los que después generará el engrudo el cual servirá bien frío para degustar por otros clones con prurito al copipasteado compulsivo. Por otro lado, la componente degenerativa es que tal proliferación de información por la red hace que si el libro impreso ya corría peligro, ahora podemos asegurar que la fecha de su defunción es la única duda, si antes o después, pero ser, será, como un suicidio masivo y universal del libro como castigo a la vanidad y estupidez humana. La pereza de tener que leer libros impresos queda eximida y superada para el wikierudito con un vistazo rápido por la red. Si no tenía ni puta idea de quien era Weber, por ejemplo, echa un ojo, lo lee en diagonal, si lo lee, en wikipedia (siempre tan veraz frente a lo que por ahí corre) y ya está listo para excretar algún comentario en no se qué blog o foro, como si fuera un exégeta de Santo Tomas. Este fenómeno sociológico es de tal calado que no nos hacemos idea aún hasta que punto cambiarán las mentalidades y la forma de incorporar nuevas informaciones. Sócrates, según nos cuenta Platón, ya vaticinaba que la escritura impresa iba a cercenar el espíritu oral de las ideas, de la cultura, que es el verdadero santuario donde debe residir, quedando degradada la memoria, según nos relata el Fedro, dado que dicha fuente primordial, que es el espíritu de las generaciones se verá alentada a zascandilear dado que la letra impresa sería un adminículo o medio externo que eximiría de recordar muchas cosas a los hombres. Entiendo que Sócrates quería referirse al daño que podría suponer un libro como medio custodio de la cultura frente a la memoria humana (aún en aquellos tiempos, las tradiciones orales gozaban de gran protagonismo), no como vehículo de transmisión de la información, que es el caso; lo que decía Sócrates ahora sí puede ser mucho más plausible. Pues bien, lo curioso es que casi nadie se da cuenta de esa armazón infamada de carcoma con que se van construyendo artículos como churros, que casi siempre lo que queda detrás es el grandilocuente y superferolítico Wikierudito, vástago de esta era tecnológica, hasta hace poco fácil de discernir del verdadero escritor, ahora la verdad cada vez me lo ponen más difícil (hasta es el caso de algún célebre escritor que se nota a una legua que ha “caído” en esto del copipasteo). Sólo me resta una última prueba del nueve para ver si alguien es un wikierudito o sin embargo alguien auténtico: el estilo, la forma, ya no el fondo, claro. Sólo en la forma estética de la escritura, en sus posibles giros y figuras retóricas puedo aclarar hasta cierto punto que el tipo es genuino en lo que intenta transmitir (y el esfuerzo y la pasión aún se sienten en su espíritu, como algo ya casi anacrónico); el estilo no lo puede copiar nadie, eso es algo que sigue siendo de exclusiva propiedad del dueño: podrá degradarse la información y prostituirse la verdad, pero siempre nos quedará la forma de algunos, para que podamos volver otra vez a nuestros orígenes. No sé si con el tiempo tendremos que comenzar de nuevo por la tradición oral.

lunes 4 de mayo de 2009

SIMBOLISTAS

El simbolismo, como movimiento que remoza la poesía en el XIX cuyo principal representante hasta entonces es el naturalismo (encorsetado y ceñido a éticas y propedéuticas de corte lógico-sensual), tiene en Rimbaud y Mallarmé a sus dos grandes protagonistas(Otros señalan también a Baudeleaire y sus limbos, pero este es representante de un bajo romanticismo, sin duda con hilos simbolistas en su arte): Rimbaud como taumaturgo del espíritu atávico o perdido, que tan anhelado quiere recobrar como un médium, y eximiéndose de llamadas bucólicas, ni siquiera cae en modernas mitologías suntuosas (las hiperbóreas leyendas de dioses nórdicos que rescatase Wagner y que se presentaban tan amoldables al nuevo espíritu simbolista). Esta llamada a lo simbólico responde a una ruptura con el romanticismo, siendo su último fin el de representar imágenes con un humus de significado propio pero al mismo tiempo rescatado de las genealogías primitivas del ser humano, por eso es fue tan difícil entenderlo entonces, y por eso es más difícil comprenderlo ahora incluso; una poesía que nace con visos de revolución del espíritu y que deslegitima cualquier comprensión de tipo lógico, deja al lector casi siempre aturullado. Como ejemplo estos versos de Mallarme, en inaudita y tremenda traducción del gran Alfonso Reyes:

Oh soñadora: para hundirme
En delicioso vuelo arcano,
Quieras-sutil error-asirme
Del ala, cogida de tu mano.

Hay frescor de ocaso en la lenta
Pulsación y, al preso latido,
Delicadamente se ahuyenta
El horizonte estremecido.

¡Oh vértigo! Ya, tembloroso,
El espacio un beso parece
Que, loco de nacer ocioso,
Ni estalla ni se desvanece.

¿No sientes la huraña ventura
-Y sorda como risa exánime-
Que mana de la comisura
De tu labio hasta el pliegue unánime?

¡Oh cetro de la tarde rosa
Que, en oro quieto, reververa:
Blanco vuelo que al fin se posa
Junto al ascua de la pulsera!

Mallarmé casi siempre nos brinda poemas impersonales (“La siesta del fauno”, por ejemplo, convertida en ballet por Debussy y estrenada por Nijinski con gran escándalo en Paris en 1912), donde el yo queda diluido en una fuga de imágenes, donde “la divina transposición del hecho al ideal” tiene como propósito rebajar la gravedad de las circunstancias, porque en cada hecho humano existe un agravante por el hecho de ser, en palabras de Heidegger, una “cura” en cada pulso vital de actuación, pensamiento o sentimiento. La conjura de Mallarmé (también de Rimbaud en distinta forma) es la de recuperar el espíritu allende donde el alma se procura de un sustento ajeno al tiempo y a las razones ontológicas de su devenir. De esta manera, en su supralirismo, busca en la raíz misma de lo subjetivo como si en ella se hallara lo general y lo universal, pues “el instinto poético debiera conducirnos ciegamente a la verdad”. Quizá porque concibió que la pureza del mundo sólo se pueda concebir fuera del mundo, como un no-ser. Creo que se puede leer, aunque sólo sea por divertimento estético, sin necesidad, como dijo Rimbaud de un “largo, inmenso y razonado desorden de todos los sentidos”. Los simbolistas pretendieron hechizar mediante la palabra la actividad normal del yo, con fórmulas de encantamiento inasequibles y vaporosas. Quizá sólo escribieron para sí mismos, para después echarse la siesta, como faunos incomprendidos y olvidados.

martes 28 de abril de 2009

MICHELINES MENTALES

Unamuno postulaba que pensar y sus circunstancias(los libros, opúsculos, poemas, signos impresos en suma) eran enfermedad (pathos); siempre sospeché que dicha intuición del inefable “pensador” provenía de su enfermiza autoestima así como de un vislumbre en que el deporte era la actividad humana más alejada de otra de índole intelectual, dado que el deporte vigoriza la salud “luchando” contra uno mismo para converger en sí, sin embargo el pensar y la literatura se alejarían de uno por el hecho de abandonarse ante las ideas. Recuerdo también a Goethe y sus ideas sobre deporte y macrocosmos, así como su descripción del microcosmos, arte y literatura.

Pero a pesar de estos dos autores, los atenienses sí conciliaban deporte y literatura, hasta el punto que ambas liturgias estaban intrincadamente fundidas, siendo el propósito último de las artes en la Hélade el de alcanzar una armonía entre las cualidades físicas, intelectuales y morales del hombre. Existían los epicinios, o poemas inspirados por su autor para mayor gloria del atleta durante algún tipo de celebración deportiva. En La República Platón escribe que tanto la educación intelectual como la educación física tienen como finalidad última el cuidado del alma. Nuestra época difiere diametralmente de aquellas en que deporte y literatura se fundían en una misma esencia. El consumidor de acontecimientos deportivos o discursos de Obama suele rechazar cualquier cosa que intente ampliar sus miras o sacarle de su adusta y monótona realidad. El gran lector suele desdeñar como un opio del pueblo cualquier asunto relacionado con espectáculo deportivo. Ambas posturas son como una cinta de Möebius, imposible discernir la causa y el efecto, pero ambas actividades son insolubles como agua y aceite. Esto no es un epicinio pero precisamente por proceder este análisis de un pathos mío particular y ajeno a la práctica de deporte pueda comprender que un canto poético al deporte y la salud fuera lo más bello y armonioso, al igual que los griegos comprendieran. Quizá nuestro destino sea regresar irremisiblemente a nuestro origen: fundir de nuevo literatura y deporte como caracteres de algo innombrable y ávido de ser completado y regido por un orden “sagrado”.

El intelectual moderno, el escritor postmoderno y el pedante ultramontano suelen repudiar sin pudor la práctica del deporte, inclusive en algunos casos llegan a juzgarlo como atributo de las masas, sudor rancio de los menos favorecidos ética o socialmente, etc…, en un alarde de cinismo clasista que intenta imponerse como por un principio divino o Némesis, dado que las élites intelectuales se auto-atribuyen una superioridad sobre el resto, sólo quizá por haber leído a Aristóteles mal leído. Decía este último que peor que la cobardía era la intemperancia, pues la cobardía se genera por evitar un dolor, pero la intemperancia por un deseo de placer, y peor que la intemperancia la hipocresía. Algunos intemperantes algo hipócritas se despacharán a gusto en sus concilios sobre lo poco estimulante del deporte, su uso, su contemplación o su práctica. Después, ese mismo intemperante hipócrita metido en política denigrará la inactividad deportiva, sumándose al coro de los que defienden que en las cajetillas de tabaco se incorporen imágenes de enfermos terminales víctimas del tabaco, y otros horrores aún peores, olvidando dicho intemperante hipócrita que en petit comité defenestraba el deporte, e ignorando que la educación y fomento de la salud no se debe hacer mediante el uso coercitivo de la imagen-miedo, tampoco mediante textos de Educaciones para los Ciudadanos, sino mediante el fomento del deporte, sin soflamas ni gaitas, pero invirtiendo dinero (también en las universidades). El intemperante algo hipócrita metido a político tiene mucho aún que aprender, si es que pudiera ser capaz de aprender algo más que el perímetro de su ombligo. Y además casi siempre se fuma un puro mientras dicta el borrador de la nueva ley contra el consumo de tabaco en lugares públicos. Nuestra clase política está echando michelines mentales y le están ya saliendo artrosis hipócritas en los huesos por hacer justo lo contrario de lo que en verdad piensan. O no piensan.

miércoles 22 de abril de 2009

A 200 AÑOS DEL NACIMIENTO DE LARRA

Hace dos centurias naciera el controvertido y paradigmático Larra, dicha efemérides se está celebrando con desmerecido silencio. Pero muchos aun celebran hoy su memoria, tejida al trapo rojigualdo de una forma ya indeleble o irreversible, otros olvidan quien fue: no rendiré más tributos hagiográficos, ya se habló en este blog de él lo suficiente. Pero vuelvo a su recuerdo trasladando un suceso que debió acaecer a las pocas semanas de su desafortunado deceso, hace más de ciento setenta años;he tenido la suerte de que alguien me lo narrase con gran exactitud. Su origen no obstante es inexacto, pero la fuente fiable. No deja de ser una historia sorprendente. In memoriam.

En poco tiempo la tertulia del Café del Príncipe había decaído, ya no eran sus feligreses lenguaraces y febriles en sus discursos o exordios, y un pesar silencioso sustituía ahora a su vieja enjundia literaria, y nadie, nadie para bien o para mal en el viejo café había olvidado a aquél augusto prócer, capellán de la diatriba y la sátira, que ahora, como un espectro, todo lo invadía con su ausencia. Aquello ya no era el Parnasillo, si no un pequeño Hades de olvido.
José María Carnerero lanzó su aspid de rencor sobre el que ya no estaba.
-Cobardía y falta de principios, egoísmo desnortado en suma, les digo yo a ustedes. Nadie se atreve a pronunciarlo, ¿verdad?, esa cosa que a ninguno se nos escapa y que a nadie deja impertérrito, ¡qué definitiva y aúlica es la muerte de un poeta, ah!, pero esos tres pequeños, esas tres púberes bocas que ha dejado, eso sí es un verdadero pecado. ¡Qué fácil es quitarse la vida!; y yo opino, escúchenme, que no hay mayor egoísmo, más encanallado aún si cabe por el agravante de la orfandad que ha dejado, que ojalá le pese allá donde fuera; tres pequeños seres indefensos y abandonados a su suerte, y ese broche de pólvora que ha dejado para la posteridad no es más que el colofón a su farsa, sí, farsa vital y cobarde que fue su inconcreta carrera, pero claro, quitarse la vida, así, por desamor, nos lo vende nuestro tiempo como una heroicidad romántica, y ahora su cráneo bendecido por los dioses deberá orear para las musas del porvenir. Pero yo voto a que no es más que engreimiento cobarde y egoísmo descarnado. Si nadie se atreve a pronunciarlo, hete aquí que lo hago yo.
Un silencio de capilla descansó violento tras el descabello cruel y durísimo de Don Jose María Carnerero. Nadie allí replicó ni protestó, el espacio exiguo de los contertulios se incomodó por momentos, hubo miradas de lance y otras de sumisión, las hubo de samaritanismo y otras de simple zafiedad pusilánime, sin embargo, una mirada, no escrutada por ninguno de los presentes, se encontraba tensa y emboscada entre penumbra en un diván esquinero del establecimiento, a escasos pasos, escuchando todo, observándolo todo, juzgando a cada uno de los viejos feligreses. Aquel hombre fue aproximándose hasta la enorme mesa de café donde todos solazaban como una pequeña cofradía de leprosos, sus pasos, dado el silencio con el que se había cerrado la reciente sevicia de Don José María Carnerero, podían ser audibles, una cadencia lenta o trémula, un diapasón sobre la tarima con timbres de saloon que hizo volcar las caras sobre el nuevo huésped no invitado, excepto para el afrentador, el cual se mantuvo durante unos segundos sentado sin girarse, dejando a su espalda al desconocido.
Aquel, mirando a todos, uno por uno, lanzó un guante sobre el puesto de Carnerero, todos sabían lo que tan vieja ceremonia significaba, y es que tal guante era la prenuncia que la primera sangre aún no derramada realizaba.

-¡Por los clavos de Cristo!-dijo el desconocido aún camuflado a dos pasos por la penumbra- que mientras yo siga vivo no consentiré que salgan tan infectas mentiras de boca de nadie, ni que mancillen acaso el honor y la memoria de mi amigo, el más grande defensor de nuestra España, el más grande libertador de conciencias que este país vio nacer, señera de lealtad y genio de nuestras letras, y no dejaré que se manche su recuerdo sólo porque una culebra le puso a usted el diablo en lugar de lengua y montón de ponzoña putrefacta en lugar de corazón.
-Eh, peroo-suspendió la sílaba en el aire el viejo Carnerero, palideciendo por momentos al descubrir ya traspasados los velos de sombra al grandioso vate Don José de Espronceda, nunca visitador de tales mentideros, pero celebrado poeta y asimismo hombre valiente y fidelísimo amigo de Don Mariano José de Larra, ahora muerto.

-No dejaré-prosiguió- que su cadáver, aún caliente, sea ensombrecido un ápice por tan cobarde invectiva, sólo le dejaré librar sus ya irremediables palabras concediéndole la ventaja de elegir armas, y dado que a usted quitarse la vida le parece una profunda cobardía, déjeme que yo se la quite a usted, señor, así le conceda esa virtud que usted desmerece.

-¡Esto es una intimidación intolerable!, mi juicio no ha sido descortés en ningún momento, y me parece desproporcionado y anacrónico que se me rete a muerte, ¡es ridículo!.-su belfo algo híspido y algo azulado temblaba de pavor, y no hubiese sido capaz, presa de los nervios, de darle un tiento a su pipa, pero los allí presentes, como notarios del lance presentado por Espronceda, esperaban una moral a la altura de las circunstancias, una respuesta con un coraje al menos tal como lo fue el de su demoledor juicio.

-Desproporcionada fue su retahíla de calumnias, déjeme que le saque a patadas de aquí, viejo sacrílego. No me haga perder aún más mi paciencia. Elija armas, le exijo. ¿sable o pistolas?

-Pero, pero…¿y vosotros no vais a decir nada?, ¡por favor!, esto es un atropello a mi decencia, esto es un….-los allí circunstantes mantuvieron silencio, Don Jose María finalmente aceptó el envite a regañadientes, apabullado por las inquisitivas miradas de los contertulios, eligió así pistolas, pues de sable bien se sabía que las únicas estocadas que hubiese perpetrado habían sido en todo caso las proferidas por su lengua montaraz.

Se convocaron en un sendero del parque de El Retiro para el día siguiente, a hora temprana, con los primeros rayos del alba, pues la muerte prefiere madrugones, cuando la vida y la esperanza son más apetecibles para el zarpazo de la guadaña. La noticia hubo de correr de boca en boca por toda taberna, café o casa de lenocinio, de manera que con el alba se habían arremolinado en los aledaños del sendero, bajo los pinos, numerosas almas, entre las cuales se encontraba el jovencísimo José Zorilla, que quizá ahora, con las legañas aún templando su mirada, se dedicaba a edificar métricas e intrincar yambos elegíacos, con dos versiones: una noble y elevada en su caso para su amigo Espronceda y otra quizá más modesta para el pobre diablo allí citado, la cual era más probable que finalmente prosperase.

Los padrinos de ofensor y ofendido eran a la sazón el vate y sacerdorte sevillano Alberto Lista para Espronceda y un tipo cejijunto y lacayuno de nombre Tomás, para Carnerero. Ambos habían tomado el epicentro del campo de honor, aquel punto desde donde partirían los pasos de ambos litigantes, efectuando previamente la consabida revisión de armas del contrario y confirmando determinadas reglas del código de honor para el duelo. Mientras Don José de Espronceda fue presto y hábil en la tarea de cargar su pistola, sin embargo Carnerero, para vergüenza del público congregado no parecía dar pie con bola, azorado por los nervios y con un tembleque sudoroso en sus manos, no atisbaba a tomar el balín o a empuñar con brío y soltura la bolsa de pólvora que su menestral padrino le entregaba, concatenando tal desatino de torpezas e incompostura que alguno entre el público llegó a gritar, “¡se nos ha cagao!”, suscitando un coro de risas mendaces y mañaneras, y degenerando la indignidad y deshonor de Carnerero hasta puntos insoportables. Aún así, tal era su desaforado pánico que en un patético tartamudeo (enviscado en el miedo o la vergüenza) arrancó a pedir una “solución intermedia” a su ofendido.

-Po..podríamos salvar esta justa, no…, no lo sé, señor, quizá le valga si yo me disculpara, o no lo sé…, de cualquier otra manera esto… es in..ne, inne necesario.-profirió como un niño asustado, con la mirada cada vez más perdida y curiosamente repleta de piedad ahora, intentando no perder la compostura, con las ojeras de una noche insomne marcando su decadente y vergonzante gesto de clemencia, su belfo aún azulado y el cabello cano alborotado por la brisa matinal.

-Cobardía y falta de principios, egoísmo desnortado en suma, les digo yo a ustedes, -dijo parafraseando a su interlocutor ante un público cada vez más inclinado al candor o la risa.-Es demasiado tarde, debería usted haber limpiado su lengua antes de emitir graznido alguno, ahora, por favor, concédase un poco de honor, ese que nunca en su vida usted ha conocido y haga frente como un hombre a lo que en justicia le toca a usted en esta mañana soleada.

Don José de Espronceda era poeta en todas las facetas que la vida puede reflejar en un hombre, era poeta sombrío incluso en los aledaños de la posible muerte, pues tras hacer referencia al sol de la mañana, se permitía levantar su cabeza rijosa y mirar al astro rey aún bajo y semioculto por la frondosidad arbórea, como saludándolo desde su romanticismo místico. A pesar de su juventud (apenas treinta años) un cierto halo de madurez en su tono y en su pose como de Héctor redivivo le conferían más lustros de los que en verdad tenía. Su indumentaria era impecable, chaqueta y chaleco almidonados, camisa blanca que ahora mostraba por sus mangas, al haberse preparado para la contienda, perilla y bigote atusados, y una mirada dura y altiva como de caballero medioevo, presto a acometer su destino. A otro le hubiese bastado tal pérdida de honor y tan indigna entrega a la cobarde súplica, pero Espronceda no gustaba de dejar sin castigo una insolencia, en este caso una injuria, y no le parecía suficiente la pública humillación en la que su ofensor depositaba una última esperanza (la redención del público, emboscado aún entre la morbosa indecencia y la hilaridad). Espronceda se veía así como sus conocidos Alejandro Dumas o Victor Hugo, afamados duelistas y también célebres literatos a los que hubo de conocer meses antes en Paris.

-Señor, se lo pido por última vez, no quisiera perder mi vida-sollozaba ahora el malogrado Carnerero, viendo que su súplica no era atendida y arrodillándose a los pies del vate.

-Temprano para la muerte, tarde para el perdón.

Espronceda hizo caso omiso tras pronunciar su sentencia sumarísima, oteó a su ofensor de hito en hito con manifiesta repugnancia, tomó su pistola ya cargada, y dando media vuelta, con pose hierática y solemne, inició sin más dilación la ceremonia de los pasos de honor que le debían conducir al desenlace de pólvora y sangre. Carnerero se mantuvo sentado como un niño sobre el polvoroso camino de El Retiro, esperando quizá clemencia, observando el rudimento de su pistola, mirándola con desdén, incapacitado para hacer uso de ella, continuó mirando el suelo, en un llanto mezquino mientras miraba de reojo como Espronceda continuaba con sus pasos fatales, presto a dirimir su diferencia con pólvora matutina. El ya desvencijado y como sombra de sí Carnerero, se puso de pie y ante la hilaridad del público (que no accedía a la piedad ante la teatral búsqueda de lástima de éste) comenzó a dar unos tímidos pasos, realizando un gesto al lacayo de ceja única como pidiéndole ayuda, pero obteniendo sólo un torvo e indescifrable gesto de vergüenza y repudio. Cuando casi había llegado al final de su ínfimo recorrido, y mientras Espronceda a veinte metros le esperaba apostado con la pistola decidida a ser percutida, comenzó una carrera alocada y vociferante, tirando a un costado del camino su pistola.

-¡A mí la Guardia Real!

Perdiéndose por los meandros del bosque de El Retiro, defecándose quizá en las tristes zancadas de su huída, provocando la risa coral del personal, que acompañaba su fuga tras él, algunos zagales tirándole piñas y piedras, otras meretrices mostrando su dentadura piorréica y emitiendo sucios exabruptos, ancianos descompuestos por la carcajada, y entre ellos, presa de un solemne gesto, como algo ofuscado por no obtener elegías, el jovencísimo Zorrilla, apostado junto a un viejo pino, silente y serio por tan vergonzoso espectáculo.

-Oiga joven-le preguntó a Zorrilla alguien próximo, aún presa de la risa, desconocedor de los motivo del lance- ¿qué razones hubo para guisarse tan estrafalario lance?, se dice que algo que ver con el pobre Larra, es que mire usted, he llegado tarde…

Zorrilla mantuvo un breve silencio, sin mirar siquiera a su interlocutor, echó la mirada al cielo de Madrid, tomó aire y respondió muy pausadamente.

-Sí, aquel es el mayor amigo que tuvo en vida Larra, del resto…, qué más da ya señor.

-Pero yo bien sé-replico el caballero a Zorrilla-que Larra era un cachondo de cuidado, un verdadero coñón, y que si el amor le llevó a la tumba, no deja de ser la máxima broma romántica que nos ha gastado este pillo(también la última, eso es lo malo) pues no debió concederse en vida demasiados sacrificios, porque placeres, lo que son placeres, creo que no se privó de uno, y que flaco favor le hacemos con tanta gravedad y lance, no creo que le gustase al viejo Mariano tanta gaita y tanto floripondio del honor y el deshonor, que no estamos en el diecisiete.

-¿Cómo dice usted?, eso no se atreverá usted a repetirlo aquí en público, ¿está usted loco?, ¿no ha sido usted testigo de lo recién acontecido por mucha menos causa y razón de deshonor?

-Pero qué dice usted-le asomó una sonrisa, casi carcajada reprimida-, lo diré y lo repetiré las veces que me de la gana, jovencito, pero no se haga el ofendido que Larra fue buen amigo mío, y bien le puedo asegurar que casas de meretrices creo que no dejamos de visitar alguna en todo Madrid entre juerga y francachela noctívaga. Y desdramatice usted al caso, señor, que al muerto no hay ya quien le despierte, y que le quiten lo bailaó, eso digo yo y a él también recuerdo que le gustaba dicha máxima, aplicarla más que nada.

-Perdón.-respondió Zorrilla algo circunspecto y atónito- ¿pero quien diablos es usted?

-Yo soy Don Manuel Bretón, para servirle, sé que usted es el joven poeta Zorrilla, por cierto excelente su elegía, una exequia lírica digna de Don Mariano, que en paz descanse-se llevó una mano al corazón Don Manuel Bretón al decir esto último-, déjeme, déjeme que le recite algún verso, que creo recordar, en memoria de nuestro buen amigo.-y así, solemnemente, declamó unas estrofas de la célebre elegía, dejando a Zorrilla ablandado e inflado de vanidad.

Que el poeta, en su misión

Sobre la tierra que habita,

Es una planta maldita

Con frutos de bendición


-Ciertamente, muy oportuno, sí señor, muy oportuno.-respondió agradecido y cortés Zorrilla.

-Venga, le invito a unos tragos en una tabernilla aquí junto a Cibeles, bien hermosota, y con unas gachís de agarra pan y…, por la memoria de nuestro amigo, que por cierto, que cabroncete el tío, en mis últimas obras de teatro estuvimos bastante cabreados, porque Marianito era así a veces, muy suyo, pero golfales ya le digo, un rato. Pero un poco caústico con eso de sus críticas de teatro, a mi me destrozó varias obras desde su sacrosanta empalizada de Fígaro, sólo por su lucimiento el muy mamón.
-Pero…¡cómo! , ande, por favor, y por Dios, cuide su lenguaje, que creo estamos entre caballeros…-replicaba lleno de pudor y vergüenza el jovencísimo Zorrilla.

-No me sea usted pesaíto Zorrilla, ni melindroso o hipócrita, que a las cosas hay que llamarlas por su nombre, leche. Vamos para allá y le cuento más anecdotillas, con más detallitos de este cachondo del Larrita, que en paz descanse, ande. Oye Pepe-llamó así a su amigo Espronceda, el cual, algo denso y ufano, ausente y cabreado respondió con un gruñido dándoles la espalda, ya subiendo a su caballo, a escasos quince metros-, que nos vamos a la taberna de la Paca, por si vienes luego.

-Paso, tengo algunas letrillas y otros sonetos que acabar para el Marqués marica ese que te comenté, y después lo de la gacetilla, que no me deja vivir…, en qué hora me metí en política por Dios…, bueno, ten cuidado que es muy pequeñín este Zorrilla, y hombre de mucho talento, cuídamelo que Mariano le quería mucho.

-Descuida hombre, buena suerte pues.

-No sabía que fueran amigos-contestó Zorrilla cada vez más compungido y confuso.
-De muchos años, ¿éste Espronceda?, un callejero redomado, no tiene remedio, se ha beneficiado a medio Madrid y todo Almendralejo, y después esta esa obsesión suya por descerrajar tiros allá dónde ve una posible presa, de esas cobardes y temerosas, sólo por diversión, porque todo esto ha sido…, hombre sí, algo por nuestro amigo Larra, no lo niego, pero le encanta hacer espectáculos con esto de los duelos y las memorias mancilladas, tiene un imán para eso el hombre, ya le digo que con este ha disfrutado un rato, pero le ha faltado disparar algo de plomo, el hombre es así. Respecto a aquél pobre diabl…., poco castigo ha tenido, un rufián y un gallina, si no que se lo pregunten al pobre Mesonero Romanos, por los Clavos de Cristo, menudo sinvergüenza el Carnerero ese..., y lo que hizo sufrir a Mariano.
-¿No será usted masón?-inquirió Zorrilla.

-Yo, ni masón, ni liberal, me libre Dios, pero andemos, andemos, que se nos va la mañana, ya le iré contando…

Abandonaron a pie el parque del retiro, Bretón alegre y guasón, Zorrilla alucinado, con un cierto vértigo en su mirada, como de un mundo idealizado haciéndose migajas, y a lo lejos todos observaron como Don José de Espronceda se alejaba solitario a lomos de su caballo con mirada fúnebre, meditando quizá por la memoria de su viejo amigo, pero también decepcionado por no haber llenado de plomo al menos las posaderas de Carnerero, que a esas horas iría aún corriendo calle abajo Alcalá pidiendo auxilio. Y así, a trote ligero abandonó aquellas hectáreas mirando una vez más el sol, ensimismado en su misticismo romántico (y algo impostado), pensando que aún tenía una vida por delante, pero soñando con esa áspera muerte, que a fin de cuentas tarde o temprano, algún día nos alcanza a todos, igualándonos.

miércoles 8 de abril de 2009

A VUELTAS CON EL ARTE

Allá por los 10 del pasado siglo, cuando parecía que el arte debía beber de las vanguardias centrípetas, las que libaban irrealidades oníricas o regresiones infantes, llegan unos tíos, de la mano de Duchamp, Picabia o Man Ray e instruyen su nuevo credo artístico: “no, no, es la cosa, por aquí por aquí”, así que el meollo está en lo más cercano por más desapercibido, la cosa que cosea y que de tanto decir ya no dice nada, salvo que alguien (Duchamp) redima al gremio volteando un urinario y así, quede sustanciado en fuente (o sea que la micción es el reverso oculto y antropométrico de la idea del surtidor-fuente). Ese remangue de cosas con una faceta oculta por ser desembozada demuestra el error de perspectiva en que muchas veces se ofusca la especie, sea por el arte o por la ciencia, ya no digamos por la religión. El origen de ese ímpetu inicial normalmente se descompone con el tiempo, se olvidan las referencias de su empuje iniciático, convirtiendo la materia metacreativa en otra cosa, degenerando las más de las veces en faramalla insulsa, ingénita y ampulosa (no hay más que ver en lo que convirtieron a Warhol). Esto fue el caso del Dadá, la corriente más original de los últimos cien años, precursora del surrealismo de Breton, del colegio patafísico y transgresora o rupturista como una ejecución(performance) “avant la garde” unigénita y palmaria. Fue conformada inconscientemente en aquel escenario prebélico (a la Gran Guerra) que fue el Paris de 1912. Sus protagonistas entonces: Apollinaire, Cocteau, Cendrars, Duchamp, Picabia, Max Jacob, Roussel. Casi todos ellos aficionados al ajedrez y a los juegos de lógica: quizá sublimados de realidad decidieran dar un vuelco (el Dada) a su aburrimiento creando la vanguardia de las vanguardias, pero lo que en verdad les gobernaba era el miedo, el cambio (los futuristas de Marinetti ya venían presintiéndolo), la conciencia del aeroplano y las bombas, de la máquina como remedo de hombre, inconsciente y cruel en su sueño de acero, donde la artillería ligera de algunos años atrás quedase como un juego de niños aliviado por su ingenuidad honorable y limitada, como soldaditos de plomo. Aunque Dadá fuera oficialmente fundado en el Cabaret Voltaire de Zurich algunos años después por Tristan Tzara, Hugo Ball, Hans Arp y otros tipos estrafalarios, como digo, dicha corriente artística se respiraba ya en los años previos por el Grupo de Puteaux (Duchamp y sus hermanos Jacques Villon y Raymond Duchamp, Jacques Vache, Max Jacob, Picabia, Metzinger). La guerrá alcanzó a estos visionarios, algunos se alistaron y murieron en el frente, otros sobrevivieron y alguno desertó. De algún otro no se sabe siquiera si existió, siendo su no existencia el culmen de Dadá (la antesala de la Patafísica, un último giro de tuerca para dejar el par de apriete en su límite de esfuerzo), como es el caso de Julien Torma, personaje que junto a Jacques Rigaut representaba la versión más radical del anti-arte contestatario y contra lo establecido. Julien Torma fue un fantasma, un espectro quizá real o quizá viviente en la imaginación del Grupo de Puteaux, sea de la forma que sea, su desaparición en el Tirol italiano sin dejar rastro en 1933 originó una leyenda misteriosa en torno a su persona, cuando menos inquietante. Su obra fue corta, y no existe demasiada constancia de sus encuentros con los que atestiguan haber forjado amistad con él, quizá no fuera más que una visión alucinógena de absenta trasegada a deshoras. De hecho, de las tres o cuatro retratos que existen del supuesto Julien Torma, todos transmiten una sensación de irrealidad, como la de un rostro humanoide y una sonrisa revestida de algo no natural, todo ello como evanescente e inexacto. No se ha investigado demasiado sobre este personaje, al igual que tampoco sobre Raymon Roussel, el autor de Locus Solus, personaje que gustaba de encerrarse en su carromato a escribir horas y horas en un rapto de misantropía extraña, temiendo que la luz de su pluma se deslizase por las rendijas de su ergástula.Dadá no duró mucho, se lo llevó la marea del surrealismo y la guerra; quizá se lo llevara algún taxi de Paris (los taxis parisinos ayudaron a desplazar tropas al frente durante la Gran Guerra), abandonándolo en alguna batalla cercana, como la del Marne, sin cobrar carrera. Como colofón queda la lírica fecha en la que murió Apollinaire, el 9 de noviembre de 1918, el mismo día que Guillermo II, emperador de Alemania, abdicase la corona tras la derrota de su país, modificándose hasta la fecha las fronteras de la vieja Europa. Con Dadá desaparecieron cosas, otras se materializaron, algunas aparecieron y desaparecieron como un pulso metafísico. Pero lo que es seguro es que nada volvió a ser igual.